jueves, octubre 6
Shadow

La maestría única de Mercè Rodoreda


Entonces me quité la ropa, la dejé al pie de un almez junto a la piedra del loco y antes de meterme en el agua miré muy bien el color del cielo que dejaba en ella y dentro toda la luz del sol era ya distinta porque había empezado la primavera que volvía a nacer después de haber vivido debajo de la tierra y dentro de las ramas…”.

Así empieza La muerte y la primavera, de Mercè Rodoreda. Así este narrador, que ha empezado a hablar mucho antes de que comience esta historia. ¿Cuándo, si solo cuenta con catorce años? Probablemente lleve hablando muchos siglos, o quizás nos hable desde la muerte. Una muerte que no es solo la suya sino la de su padre, la de su madre, la de su hija, la de todos los muertos de su pueblo.

Y este pueblo, es un pueblo atroz. Qué pueblo español, en esta atemporalidad a la que podemos dar tantos nombres temporales (guerra, posguerra, franquismo, aunque ninguno de ellos se mencione en este libro), no lo sería. La escritora que pasó por el horror, produjo una novela sobre el horror. Una novela que es casi una novela de horror.

Sobrecogedora, poética, dotada de una fuerza que podría rozar la locura, llevar a la locura, desencadenar la locura. “[…] Una mujer que […] escapó por un salvoconducto de Cataluña con otros intelectuales, que vio a su amante trabajar en un campo de concentración y ser acusado de colaboracionista, que usó la ropa de una amiga judía que se suicidó antes de ser atrapada por los nazis”, escribe Mariana Enriquez en el posfacio a esta edición. Esa fue Mercè Rodoreda.

Había nacido en 1908, hija única de un matrimonio que se interesaba por las artes. Sin embargo, fue su abuelo quien la acercó a la literatura. Le leía en voz alta, y le puso “la lengua catalana en la cabeza y en el corazón”, como le dijo a Montserrat Roig una vez, en una famosa entrevista. Rodoreda, que casi no tuvo educación formal, consideraba a su abuelo su maestro.

Se casó con su tío, catorce años mayor que ella, y con él tuvo un hijo. Trabajó como periodista y empezó a escribir ficción durante la Segunda República. En 1939, ya separada de su marido, se exilió en Francia. En 1940 tuvo que huir del nazismo con su amante Armand Obiols, quien fue detenido. No se reencontraron hasta 1943. Vivieron juntos en París, y luego en Ginebra, “una ciudad aburrida, apta para escribir”. Allí fue, justamente, donde escribió La plaza del diamante, su obra más famosa, que se publicó en 1962, hoy traducida a más de cuarenta idiomas. Siguió escribiendo después de su exilio, de su regreso a España en 1972, y hasta su muerte, en 1983.

La autora de algunas de las obras más importantes en lengua catalana –La calle de las camelias (1966), Jardín junto al mar (1967) y Mi cristina y otros cuentos (1967)– escribió en la década del 60 este texto extraño, poco conocido y publicado post mortem, real y poético –cualidades para ella necesarias en toda novela–, en el que los significados recorren las nervaduras de sus páginas como ríos subterráneos.

El asunto puede ir mucho más lejos de las referencias biográficas, a pesar de la muerte, las bombas y el exilio. Porque La muerte y la primavera tiene que ver con un padre suicida, una madre que se quiebra, se vuelve fea y muere, un niño de catorce años que seduce a su madrastra solo dos años mayor y que la preña casi sin saber lo que hace. Con una niña que nace, como todos los niños, al espanto del mundo para desconcierto de sus padres, con un herrero que forja la paternidad de un pueblo entero, pero también con una cosa mucho más tremenda.

Es decir, con eso que podría llamarse “proceso de civilización”, enunciado en una tremenda frase del padre que el niño tardará en comprender: que para poder vivir, hay que vivir como si se estuviera muerto.

Tiene que ver con el preso del pueblo, alguien que ha sido condenado a vivir como un artista del hambre, que sabe que los actos de violencia que cometen los lugareños, como enterrar en árboles a los moribundos y llenarlos de cemento, son producto del odio al deseo: “Porque el deseo te hace vivir y eso les da miedo. El miedo al deseo se los come. Y es para no pensar en el deseo que quieren sufrir y ya de pequeño te mutilan y te clavan el miedo detrás de la cabeza…”

Tiene que ver con un pueblo entero en guerra contra el deseo. (¿Aunque no estamos, nosotros, todos, en guerra contra el deseo?). El preso lo sabe, y el “señor”, un eremita a quien el protagonista de esta historia atina a visitar, sabe otra cosa, que nada va hacia la nada: “Un día te despertarás y te creerás que se han muerto y no será verdad… cuando te creas eso el que estará un poco muerto serás tú. Las cosas no mueren. Duran. Van de uno a otro, siempre igual… de uno a otro”.

Y así, el protagonista de La muerte y la primavera accede a la circularidad de la materia y a la verdad, que pasa de largo junto a él. Por eso esta historia empieza aconteciendo ya: “Entonces”. Y por eso podría empezar a contarse por otro lugar, “la puedo contar de una manera diferente”. Pero el final está ya puesto: “mi vida se ha cerrado”. Han conseguido quebrar un espíritu y el protagonista se cree muerto. La losa civilizatoria está puesta y cimentada sobre uno más.

Dicen que en 1986, cuando se publicó, casi nadie entendió La muerte y la primavera. Pasó desapercibida. Demasiado oscura. Hoy es una especie de “clásico recuperado”, para todos nosotros y para un país que, sin dudas, no había leído demasiado a Faulkner, ni tampoco a Kafka.

La muerte y la primavera, Mercè Rodoreda. Club Editor, 358 págs.

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