lunes, octubre 3
Shadow

así fue la recaptura de la embajada de Japón en Lima


El verano se había instalado en Lima, con su calor agobiante. En el residencial municipio de San Isidro, en donde la casona del embajador japonés estaba abierta de par en par recibiendo a los invitados, todo era quietud, a la hora en que la brisa fresca del Pacífico traía algo de alivio. Eran las 19.30 y todas las personalidades de la vida política, social, económica, militar, eclesiástica y cultural del Perú lucían sus mejores trajes y vestidos para celebrar el cumpleaños del emperador del Japón.

El aire olía a jazmín y a una mezcla de sabores típicamente japoneses, que salían de la cocina y de las carpas instaladas en los jardines. Morihisa Aoki y señora recibían uno a uno a los invitados. Más de 600 personas ya habían llegado para las 20.19 a la casona construida en 1942 e inspirada en los suntuosos palacios de las plantaciones de Ca- Carolina del Sur, en Estados Unidos, en los años de la Guerra de Secesión estadounidense.

La casa perteneció a Graciela Basurco Gonzáles y a Atenor Rizo Patrón, hasta que en 1974 fue comprada por la Embajada japonesa. En sus dos plantas e inmensos jardines la alta sociedad limeña de los años cincuenta y sesenta bailaba al compás de las orquestas.

Ese escenario parecía reproducirse el martes 17 de diciembre de 1996 hasta las 20.19 de la noche: entre copa y copa, acompañadas de tempuras, sashimis y sushis, los invitados aflojaban sus lenguas en corrillos de toda especie. Sesenta segundos después, ya nada sería igual.

Diecinueve minutos antes, una ambulancia había doblado por Marconi, la primera calle paralela a la cuadra dos de Thomas Alva Edison. Sus dos tripulantes saludaron a los policías que en esa esquina hacían el primer- mer control de las tarjetas de invitación, y estacionaron frente a una casa, justo detrás de la residencia de Aoki. Rápidamente dominaron a un guardia de seguridad e ingresaron. Allí esperarían el momento para dar el gran golpe.

El entonces presidente peruano Alberto Fujimori mira el cuerpo del líder del MRTA, Néstor Cerpa Cartolini. Foto: AFP

El entonces presidente peruano Alberto Fujimori mira el cuerpo del líder del MRTA, Néstor Cerpa Cartolini. Foto: AFP

Aquellos policías del control nunca imaginaron que dentro de esa falsa ambulancia había 14 guerrilleros del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru dispuestos a exigir la liberación de sus compañeros presos en distintas redadas, a humillar al presidente Alberto Fujimori y a poner a prueba el temple, la paciencia y el sentido de oportunidad de los que siempre se había vanagloriado el entonces jefe de Estado.

El MRTA nació en 1982 como consecuencia de la unión de varios grupos de orientación marxista. Su mayor actividad guerrillera fue a comienzos de los 90, pero el plan diseñado por Fujimori y Vladimiro Montesinos para acabar con las organizaciones armadas terminó con varios de sus líderes en la cárcel. Así, para 1996, el MRTA estaba golpeada y eso explica que un alto cuadro como Néstor Cerpa Cartolini participara de un operativo de riesgo.

El asalto

A las 20.20, los 14 guerrilleros abrieron un boquete en el muro que da a la casa del embajador e ingresaron a los jardines disparando al aire ráfagas de fusil AKM. Varias mesas adornadas prolijamente en el parque cayeron al suelo, empujadas por decenas de invitados que corrían sin saber hacia dónde, espantados por los disparos y los gritos.

Los guardias de seguridad intentaron repeler el ataque pero rápidamente quedaron fuera de combate, tras un breve tiroteo.

En apenas 20 minutos los 600 invitados marcharon con las manos entrelazadas en la nuca hacia los salones de la residencia, en donde fueron obligados a tirarse al piso. Adentro había quedado todo el poder político peruano –incluidas la madre y una hermana de Fujimori– y gran parte del mundo diplomático.

Fuerzas especiales de Perú retiran los cuerpos de los miembros del MRTA. Foto AP

Fuerzas especiales de Perú retiran los cuerpos de los miembros del MRTA. Foto AP

Con todos los asistentes tirados en el piso, a excepción del embajador Aoki, que se negó a hacerlo, se oyó la voz del representante de la Cruz Roja Internacional, Michel Minnig, quien se ofreció como mediador. El aire se cortaba con un cuchillo en esos segundos que el jefe del comando guerrillero, Cerpa Cartolini, se tomó para contestarle: lo tomó de un brazo y le dijo que esperara a un lado.

La primera negociación entre Cerpa Cartolini y Minnig tuvo un efecto casi inmediato: una hora y media después del copamiento un nutrido grupo de mujeres más un hombre en silla de ruedas dejaron para siempre la residencia del embajador Aoki.

La hermana y la madre de Fujimori, curiosamente, estaban en ese grupo: Cerpa Cartolini nunca supo que tenía en sus manos semejante “tesoro”.

Para las 10 de la noche, el presidente peruano mantenía una reunión urgente del Consejo de Ministros, en los alrededores de la casona ya estaban apostados varios centenares de policías y militares, y los guerrilleros habían dado a conocer sus demandas.

Tenían en su poder a 379 personas, de las cuales 118 eran extranjeros y 261 peruanos: 14 miembros del gobierno, 26 altos jefes de las Fuerzas Armadas y Policía, además de 75 diplomáticos y 164 empresarios y profesionales, entre otros. Comenzaba en ese momento una larga y tediosa espera cargada de tensión, rumores y negociaciones que duraría 126 días.

Fueron tantas las negociaciones que para el 22 de abril de 1997 habían quedado 72 rehenes. Incluso se negoció –aunque muchos creen que fue una estrategia de distracción de Fujimori– la salida a Cuba o a República Dominicana de los 14 guerrilleros más una jugosa suma de dinero. Pero nada de eso ocurriría.

A sangre y fuego

Atravesada por rumores de toda especie, Lima intentaba seguir con su vida normal –atolondrada en el centro y casi pueblerina en los barrios aristocráticos como San Isidro- en la tarde del 22 de abril de 1997, bodas del Oro del casamiento del embajador Aoki.

Un calor asfixiante castigaba el asfalto a la hora de la siesta, cuando la ciudad detiene su ritmo. Dentro de la residencia, el desánimo reinaba entre la mayoría de los 72 rehenes: el comando del MRTA había recortado las visitas médicas, y las conversaciones con el gobierno para hallar una salida negociada estaban en punto muerto.

Francotiradores de la policía miran hacial a residencia del embajador. Foto AP

Francotiradores de la policía miran hacial a residencia del embajador. Foto AP

Sólo un grupo de rehenes, altos oficiales de las fuerzas armadas y de la policía y algunos ministros de Fujimori, tenían razones para la esperanza. Desde hacía varias semanas, uno de ellos, el vicealmirante Luis Giampetri, venía comunicándose con el exterior a través de diminutos micrófonos filtrados por las fuerzas de seguridad en lugares insólitos, y por una aparato de radio mensaje que se había salvado de la requisa guerrillera el día de la toma.

El militar trasmitía mensajes cortos y precisos sobre la ubicación de los 14 miembros del MRTA –“están arriba”, “tres están durmiendo”- y recibía indicaciones en el “beeper”. El sistema de mensajes tenía, además, formas más rústicas: correr las cortinas que daban a la calle, asomarse a una ventana o directamente lenguaje cifrado en las cartas que los familiares les enviaban semanalmente a los rehenes.

En los túneles cavados para iniciar el operativo de rescate, los organismos de inteligencia habían colocado potentes micrófonos en la planta baja de la residencia, desde donde monitoreaban las conversaciones de Cerpa Cartolini y los miembros del MRTA.

El martes 22 de abril, alrededor de las 2 de la tarde –poco después de que el embajador de Canadá y miembro de la Comisión de Garantes, Anthony Vincent, se retirara de la residencia tras una reunión con Cerpa Cartolini- Giampetri volvió a comunicarse con el exterior.

El dato más importante: la mayoría de los emerretistas jugaban un partido de fútbol en el salón principal de la planta baja. Para entonces, los comandos militares aguardaban desde las 10 y media de la mañana la orden definitiva.

Esperaban dentro de los túneles, respirando ese aire terroso que se desprendía de las paredes, justo debajo de ese salón en donde la pelota rebotaba y pegaba en las paredes, impulsada por los borceguíes negros de los emerretistas. A las 2 y 20 de la tarde, recibieron la orden de estar en posición.

Néstor Cerpa Cartolini en una declaración pública en la embajada de Japón. Foto AFP

Néstor Cerpa Cartolini en una declaración pública en la embajada de Japón. Foto AFP

Cada uno de los comandos –muchos de ellos veteranos de la Guerra del Cóndor con Ecuador, en 1995- revisó su arma y repasó mentalmente el plan de ataque. Paralelamente, el vicealmirante Giampetri recibía una orden que le heló la sangre: debía avisarle al resto de los rehenes que el momento había llegado.

A las 3 y 23 de la tarde una primera explosión sacudió la modorra, le siguió otra y otra, acompañadas por el tableteo de las ametralladoras y los gritos. En la cuadra dos de la Calle Thomas A. Edison, fotógrafos, camarógrafos y periodistas se lanzaron al suelo intentando retener cada detalle en las lentes y en las retinas.

La ciudad se paralizó aún más, ahora delante de las pantallas de televisión, en las vidrieras de los negocios de ventas de electrodomésticos, en los bares o en donde sea. Había comenzado la recaptura por parte de un comando de las fuerzas armadas de la residencia del embajador japonés, Morhisa Aoki, en poder de los 14 guerrilleros del MRTA, con 72 rehenes como escudos humanos.

En cuestión de segundos, los comandos rompieron la delgada capa que los separaba de la superficie y saltaron desde bajo de la tierra –literalmente- a los jardines de la residencia, a punta de disparos de ametralladoras.

Desde allí, se dirigieron a los costados, al frente y a la parte trasera de la casona, mientras otro grupo ingresaba por el enorme hueco que dejó la explosión en la improvisada cancha de fútbol del salón principal: allí habrían muerto al menos seis de los catorce guerrilleros.

Recaptura de la embajada Japon, en Lima. Foto AFP

Recaptura de la embajada Japon, en Lima. Foto AFP

El gran estallido y los tiroteos terminaron de convencer que habían ido por ellos a los rehenes más escépticos. Muchos se tiraron al suelo, otros se pegaban a las paredes o se escondían detrás de los muebles.

En el segundo piso, el vicealmirante Giampetri dirigía la fuga hacia la terraza de los rehenes que estaban en la planta alta, entre ellos el canciller Francisco Tudela, quien fue descubierto por uno de los emerretistas.

Pero la suerte estaba de su lado. Una ráfaga de ametralladora no dio en el blanco y tampoco estalló una granada de mano que le lanzó un guerrillero. Ya en la terraza fue cubierto por el comandante del ejército, Juan Valer Sandoval, un experto en lucha contra la guerrilla de 32 años.

En la huida hacia los jardines, Tudela recibió un disparo en la pierna. Valer Sandoval, cayó atravesado por una bala que le perforó el hígado. Custodio de uno de los hijos de Fujimori, fue el primer muerto de la recaptura.

Cuando comenzó el ataque, Cerpa Cartolini estaba subiendo la señorial escalera que iba del salón principal al piso superior. Aturdido por la primera explosión, tardó unos minutos en recuperarse, los necesarios para que los efectivos lo interceptaran en su intento por llegar a las habitaciones en donde se encontraban los rehenes de mayor peso político. Nunca lo logró.

En el segundo piso, unos tres guerrilleros se defendían como podían de la lluvia de balas y granadas de humo que lanzaba el grupo comando.

Uno de los líderes de la toma de Embajada de Japón en Lima. Foto AFP

Uno de los líderes de la toma de Embajada de Japón en Lima. Foto AFP

En su desesperación, un emerretista lanzó una ráfaga de ametralladora contra un grupo de rehenes que intentaba salir de una de las habitaciones para llegar a la terraza y de allí a los jardines: el vocal de la Corte Suprema de Justicia, Carlos Giusti -que en cautiverio el 25 de enero había cumplido 56 años- fue el primer y único rehén que murió durante la recaptura.

Antes de que cayeran atravesados por las balas de los comandos, los tres emerretistas se cobraron otra víctima: el teniente del ejército Raúl Jiménez Chávez, un soldado de elite y paracaidista de 32 años que estaba a punto de casarse.

A escasos 35 minutos de haber comenzado la recaptura de la embajada, los combates habían terminado. Un humo denso flotaba en los alrededores de la residencia y el olor a pólvora volvía el aire más irrespirable.

En una carrera desenfrenada, los periodistas, camarógrafos y fotógrafos rompieron las barreras de policías que los separaban de la casona. Las mesas y las sillas del bar La Bombonnier, que durante 126 días había albergado charlas y especulaciones, rodaron por el piso.

Desde las ventanas de la Clínica Italiana, en la otra esquina de la residencia, enfermos, médicos, enfermeros y curiosos se asomaban con asombro. En los edificios cercanos –allí en donde las grandes cadenas de TV habían montado sus guaridas- todo era movimiento frenético. Los 14 emerretistas ya estaban muertos. Y 71 rehenes, a salvo.

Chavín de Huántar

El plan para asaltar la residencia japonesa comenzó a gestarse pocos días después de la toma y la operación fue denominada “Chavín de Huántar”, como las galerías subterráneas preincaicas –compuestas por decenas de túneles– ubicadas en la provincia de Ancash.

El grupo comando estuvo dirigido por el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) y contó con asesoramiento británico, israelí y también francés. Desde su inicio, fue supervisado por Fujimori.

Pero los miembros del comando de elite también tuvieron la vital ayuda de un avión espía que sobrevoló la residencia detectando con sensores sensible al calor la ubicación precisa de personas en el interior del edificio vigilado.

Comandos de Chavín de Huántar rescataron a 71 rehenes. Foto AFP

Comandos de Chavín de Huántar rescataron a 71 rehenes. Foto AFP

El operativo contó con la participación de la Policía Nacional y de las tres fuerzas: ejército, marina y fuerza aérea. El cuerpo, integrado por 140 hombres altamente calificados y entrenados, fue reuniéndose de a poco, para no despertar sospechas, a lo largo del último mes en las cinco casas de seguridad que la Inteligencia peruana poseía en las inmediaciones de la mansión del embajador Aoki.

Vestidos de civil, los comandos fueron ocupando sus puestos a la espera de una orden que no tardaría en llegar. En tanto, en las últimas dos semanas, los encargados de elaborar el plan discutieron cuáles deberían ser los efectivos que tendrían que participar en la recaptura de la sede diplomática. Al fin, la selección recayó en 72 hombres que asaltaron el edificio.

El túnel construido hacia el interior de la residencia, cuya existencia fue denunciada por Cerpa Cartolini, era la clave del éxito. Cavado por mineros, tenía iluminación, refrigeración y ventilación. Las marchas militares y el sobrevuelo de helicópteros, que se hicieron frecuentes en los primeros días de febrero, servían precisamente para que el comando emerretista no escuchara los ruidos.

La explosión que dio inicio a la recaptura, el 22 de abril de 1997. Foto AP

La explosión que dio inicio a la recaptura, el 22 de abril de 1997. Foto AP

Pero al margen de la asistencia militar, el plan también debía contar con la participación decisiva de otro de sus elementos centrales: los propios rehenes.

Fue así como, para coordinar el ataque, pero también para intentar que la operación tuviera el menor número de bajas entre los cautivos, los 72 rehenes fueron recibiendo precisas instrucciones sobre cómo actuar y también acerca del momento en que se produciría el ataque.

El operativo no fue sólo producto de la habilidad humana para el camuflaje y la inteligencia.

También contó con la vital ayuda de una sensible y refinada maquinaria de espionaje que permitió conocer qué era lo que pasaba en el interior de la residencia mientras el gobierno estiraba las negociaciones formales con los guerrilleros: los espías del gobierno implantaron aparatos del tamaño de una cabeza de fósforos en las guitarras que la Cruz Roja ingresaba a la residencia para que los rehenes pudieran hacer menos traumático el cautiverio.

También fueron escondidos en libros solicitados por algunos cautivos. Con esos minúsculos aparatos, los “topos” del gobierno escuchaban partes de los diálogos y se enteraban de los planes emerretistas. Las guitarras y los libros no fueron el único escondite inusual.

Otros micrófonos fueron colados al interior de la residencia: a pedido de los rehenes, la Cruz Roja envió un cuadro con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. La Cruz Roja no lo sabía, pero el corazón rodeado de espinas de la imagen también tenía insertado un potente aparato de escucha.

Un soldado pasa junto a la bandera del MRTA en el techo de la residencia del embajador japonés en Lima, el 22 de abril de 1997. Foto AP

Un soldado pasa junto a la bandera del MRTA en el techo de la residencia del embajador japonés en Lima, el 22 de abril de 1997. Foto AP

En los túneles que mineros civiles que llegaron del interior del país cavaron para llegar a tres puntos estratégicos de la casona de San Isidro, sofisticados equipos de comunicaciones registraban también las voces del comando.

A partir de esas escuchas, pudieron advertir algunas diferencias que surgían en el seno del comando emerretista y el desánimo de algunos miembros más jóvenes de la organización armada.

Los estrategas del plan gubernamental de rescate también aprovecharon la necesidad de los rehenes de cambiarse de ropa de tanto en tanto. Los familiares de los cautivos enviaban regularmente juegos de ropa limpia.

Pero, de pronto, se les ordenó que la vestimenta a enviar fuera de color blanco. La razón era distinguir con un color a los rehenes y con otro a los integrantes del MRTA, que siempre usaron ropas de fajina de tono verde oliva o incluso ropa más oscura.

Una vez que el túnel estuvo terminado y la operación afilada en sus más mínimos detalles -para eso el grupo de 140 hombres se entrenó en una base naval con réplicas de la residencia tomada- sólo había que esperar la orden de Fujimori.

Las consecuencias

La euforia inicial de Fujimori se le borraría de la cara apenas dos días después de la recaptura, cuando comenzó a tomar cuerpo lo que ya se sospechaba: algunos de los guerrilleros del MRTA habían intentado rendirse, pero habían sido fusilados por las fuerzas oficiales.

El tercero de los cuatro jefes guerrilleros del MRTA que capturó la residencia, Eduardo Cruz Sánchez, conocido como “Tito”, se rindió y entregó a las fuerzas de seguridad ante la presencia de rehenes peruanos y japoneses.

Soldados vitorean en el techo durante su toma de la residencia del embajador japonés en Lima, el 22 de abril de 1997. Foto AP

Soldados vitorean en el techo durante su toma de la residencia del embajador japonés en Lima, el 22 de abril de 1997. Foto AP

Desarmado y con las manos atadas a la espalda fue visto cuando lo llevaban al interior de la residencia, todavía con vida. Lo mismo ocurrió con otro de los rebeldes. Ambos aparecieron luego acribillados. Fujimori no paraba de asegurar que todos los miembros del MRTA habían muerto en combate.

“Tito” y otro emerretista armado fueron sorprendidos en el segundo piso por los efectivos que asaltaron la casona, mientras que un tercero se ubicó en la terraza donde cayó abatido.

El otro guerrillero, no identificado, según las versiones coincidentes del ministro de Agricultura Rodolfo Muñante, y del ex primer ministro Dante Córdova, se apostó en la puerta de la habitación donde se encontraban los rehenes más importantes, y se le escuchó gritar a “Tito” que disparara a los hombres que estaban allí.

“Apuntó su fusil pero después dudó y corrió hacia donde aparentemente estaba Tito”, relató Córdova. Como “Tito” y el muchacho no pudieron repeler a los soldados que ya habían subido por las escaleras, y al notar que los rehenes comenzaban a ser evacuados por otro grupo de efectivos por la parte posterior, entregaron sus armas y se rindieron.

“Me siento desconcertado, defraudado, abatido, roto. Yo nunca esperé este final. Durante los cuatro meses recé, luché y trabajé duro para lograr una salida pacífica. En todo el tiempo del secuestro me sentí padre de una gran familia de 86: los 72 rehenes y los 14 miembros del MRTA…El final violento fue sorpresivo y se conoció a nuestras espaldas. Con lo cual como Garantes, nos quedamos en el aire”, dijo Monseñor Juan Luis Cipriani, negociador, miembro de la Comisión de Garantes y acusado de haber ingresado los micrófonos en la residencia.

Veinticinco años despúes, la mansión de la calle Thomas A. Edison 210, en el coqueto San I​sidro de Lima, ya no existe. Y aunque se pensó en hacer un monumento, la idea no prosperó. Solo quedan sus muros pintados de blanco y cientos de historias desparamadas en sus jardines.



Source link