martes, noviembre 29
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una historia que pasó del amor al odio por una «traición» y ahora tiene la chance de curar las heridas


Del amor al odio hay un paso. ¿Y del odio al amor? El Código Penal argentino fija plazos de prescripción para cualquier delito. ¿Pero cuánto necesita un hincha para perdonar aquello que considera una afrenta imperdonable? “Traición” fue la palabra que muchos simpatizantes pronunciaron a principios de 1985, cuando Ricardo Gareca cruzó de vereda y pasó de Boca a River. Treinta y siete años después, el Tigre es uno de los candidatos para hacerse cargo del equipo tras el despido de Sebastián Battaglia. ¿todavía pervivirá algo de aquel viejo rencor?

Aquello que algunos definieron como alta traición fue el colofón de un largo conflicto que Gareca y su compañero y amigo Oscar Ruggeri protagonizaron en tiempos en que Boca atravesaba una crisis gravísima, que había comenzado a gestarse en 1981 y que en 1984 terminó de estallar, y hasta puso a la Bombonera al borde del remate.

A principios de julio de ese año y como consecuencia de una larga cadena de atrasos de pago, el plantel había declarado una huelga que sostuvo durante dos semanas. El 31 de octubre, el presidente Domingo Corigliano anunció una convocatoria de acreedores. El 5 de noviembre, el mandatario renunció, como había hecho gran parte de su Comisión Directiva en las semanas previas. El club fue intervenido y el 29 de noviembre asumió Federico Polak, quien se desempeñaba como jefe de asesores del Ministerio de Educación de la Nación.

Una de las primeras acciones de Polak como mandamás xeneize fue alcanzar un acuerdo de última hora y así evitar el remate de la Bombonera y de la sede, que estaba pautado para el 6 de diciembre, por una deuda de 35.000 dólares que el club mantenía con Wanderers de Montevideo por la compra del pase de Ariel Krasouski. En cambio, no pudo evitar la desvinculación de Gareca y Ruggeri.

Ricardo Gareca convirtió 64 goles con la camiseta de Boca antes de pasar a River.

Ricardo Gareca convirtió 64 goles con la camiseta de Boca antes de pasar a River.

Ambos habían jugado las últimas dos temporadas por la cláusula del 20 por ciento de aumento de sus salarios, ya que no habían pactado una renovación de contrato primero con la dirigencia que encabezaba Martín Benito Noel y luego con la de Corigliano. Además, ellos dos y Carlos Córdoba eran señalados por la conducción y por parte de los simpatizantes como los cabecillas del plantel que habían forzado la huelga de julio. “Gareca tiene cáncer, se tiene que morir”, había llegado a cantar la hinchada en algunos partidos.

El Tigre, quien por entonces tenía 26 años, se había formado en las divisiones inferiores de Boca desde los 10, había debutado en Primera el 21 de septiembre de 1978 en una victoria 1 a 0 ante Rosario Central por la 31ª fecha del Metropolitano (entró por José Luis Saldaño) y desde entonces siempre había vestido la camiseta auriazul. Imaginarlo de rojo y blanco era una misión solo apta para los amantes de la ciencia ficción.

El 11 de diciembre, cuando solo restaban tres semanas para que el delantero y Ruggeri quedaran libres, Roberto Lucke, asesor letrado de la intervención del club, se reunió con ellos y con su representante, Guillermo Coppola, para tratar de encontrar una solución que impidiera la desvinculación. “Yo les aseguro que va a existir un arreglo. No sé si terminarán jugando en Boca o no, pero tanto Boca como los futbolistas van a quedar conformes”, aseguró Lucke tras el cónclave.

Los futbolistas no veían las cosas tan claras. “Seguiré si me pagan lo que me corresponde y se arreglan otros asuntos. Esa es la única posibilidad”, explicó Gareca. Ruggeri, cuya relación con parte del plantel se había deteriorado al extremo por la forma en que se había manejado la disputa con la dirigencia durante los meses previos, también ponía otras condiciones: “Yo no arreglo si no se van algunos jugadores que fallaron en el momento del conflicto”.

Ricardo Gareca maniobra ante la marca de Alberto Tarantini durante un Superclásico.

Ricardo Gareca maniobra ante la marca de Alberto Tarantini durante un Superclásico.

Muy rápido quedó claro que la situación no tenía retorno. Un día después de la reunión, Futbolistas Argentinos Agremiados (FAA) intimó a Boca a cumplir el Convenio Colectivo y otorgar el pase libre a los futbolistas. El 24 de diciembre, con el pan dulce sobre la mesa, el club les envió telegramas para prolongar los vínculos. Ninguno aceptó y ambos se consideraron libres el 1 de enero.

“A partir de ahora voy a negociar como jugador libre, aunque no descarto seguir jugando en Boca. Es más, me gustaría, siempre y cuando se respeten mis derechos. Si me otorgan la libertad y luego me hacen una buena oferta, me quedo. Pero la gente del club está engañando a los hinchas diciéndoles que nosotros asumimos esta postura porque lo único que queremos es irnos”, sostuvo Gareca el 2 de enero, un día antes de contraer matrimonio con Gladys Hartintegui.

En esos días, lo impensable ya no lo era tanto. River estaba negociando con los dos emblemas de Boca y nadie se preocupaba demasiado por ocultarlo. “El único club que se preocupó para que permanezca en Argentina fue River. Hasta ahora, es lo más concreto”, reconoció el Tigre, quien destacó que su prioridad era quedarse en el país para estar cerca de la Selección.

El presidente del Millonario, Hugo Santilli, ya había alcanzado un acuerdo con Coppola por Gareca y Ruggeri, pero con la premisa de que ambos llegaran en condición de libres. Boca no daba brazo a torcer y se negaba a liberarlos sin más. La AFA respaldaba su posición. Ante esa situación de punto muerto, FAA declaró una huelga por tiempo indeterminado el 18 de enero para exigir la libertad de ellos dos y de Mario Franceschini (Nueva Chicago). Como consecuencia de ello, se supendió el tradicional torneo de verano de Mar del Plata.

El 1 de febrero, la puja llegó a su fin de un modo que hoy resultaría difícil de asimilar: la AFA concedió la libertad de acción a Gareca y Ruggeri, quienes casi inmediatamente firmaron contrato con River, y FAA levantó la huelga. Para evitar que el conflicto continuara, el Millonario aceptó una salida negociada y transfirió al Xeneize a Carlos Daniel Tapia y Julio Olarticoechea.

Ricardo Gareca y Oscar Ruggeri firmaron contrato con River en enero de 1985.

Ricardo Gareca y Oscar Ruggeri firmaron contrato con River en enero de 1985.

Gareca y Ruggeri se convirtieron en enemigos públicos de la hinchada de Boca, que consideró una afrenta su mudanza. Enseguida se instaló la pregunta: ¿cómo serán recibidos cuando vuelvan a la Bombonera? “Es obvio que nos van a silbar, ya lo venían haciendo en los últimos tiempos. Pero habrá que superar la presión del público”, sostuvo el Tigre en una entrevista con Clarín el 4 de febrero.

Sin embargo, ese hecho que tanto se esperaba no llegó a ocurrir, puesto que el delantero solo permaneció un semestre en el club de Núñez y el 20 de julio de 1985 viajó a Colombia para sumarse a América de Cali. “Me reconforta el hecho de que, tarde o temprano, voy a volver a jugar al país. Y Boca puede ser una buena posibilidad”, dijo entonces. Ruggeri, en cambio, debió soportar la hostilidad de los simpatizantes boquenses. El Cabezón contó varias veces que manos anónimas habían intentado incendiar la casa de sus padres en Ramos Mejía.

Después de cuatro años en Colombia, Gareca retornó al país. Entonces sí volvió a presentarse en la Bombonera: lo hizo 5 veces como jugador (3 con Vélez, el club del que es hincha, y 2 con Independiente) y 12 como entrenador (2 con Independiente, 2 con Talleres, 1 con Colón, 6 con Vélez y 1 con el seleccionado peruano). Nunca fue excesivamente maltratado. Y jamás ganó. Ahora quizás le toque hacerlo, aunque sentado en el banco local. Porque todos los delitos tienen plazo de prescripción.



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