viernes, diciembre 2
Shadow

Rushdie y estos años que vivió en peligro


El Día de San Valentín de 1989, Salman Rushdie recibió un claro mensaje de odio: una llamada a matarlo, una fatwa, un impiadoso edicto fundamentalista. Cuanto más irracional el odio, menos posibilidades de que tenga fecha de vencimiento. Así lo prueba el ataque a Rushdie en el estado de Nueva York, en el día de ayer, a punto de comenzar una lectura, a más de 30 años de aquella sentencia del ayatollah iraní Khomeini.

Aun dentro de la abundante y oscurísima tradición de inquisiciones literarias, marcó un antes y un después. El mensaje era seco, directo, de pocas palabras y pocos amigos: un régimen del terror individualizado, a domicilio, una espada de Damocles perpetua y fantasmal. Todo lo contrario que las tramas exuberantes y el estilo ruidoso y hasta carnavalesco de Rushdie.

Esa amenaza oficial, nacional, emitida por un jefe de estado, fue tan inverosímil como el realismo mágico de exportación que el autor de Vergüenza plasmaría en sus libros. Khomeini reinauguraba así un mundo aferrado a la intolerancia, en el que causar ofensa y sentirse ofendido pasarían a ser un deporte mundial de reglas deliberadamente confusas, límites borrosos y alto riesgo.

Foto de febrero de 1989 en Teherán: mujeres iraníes sostienen carteles que dicen "El Corán es sagrado", "Maten a Salman Rushdie" Foto  NORBERT SCHILLER / AFP

Foto de febrero de 1989 en Teherán: mujeres iraníes sostienen carteles que dicen «El Corán es sagrado», «Maten a Salman Rushdie» Foto NORBERT SCHILLER / AFP

Manifestaciones en Londres, quema de libros en ciudades inglesas. Mataron al traductor japonés de Rushdie y a su editor noruego. Su amigo, el ensayista Christopher Hitchens, rápidamente señaló que las normas de la susceptibilidad multicultural puede ser utilizadas para imponer la uniformidad.

Mientras no pocos musulmanes rompían lanzas por él, algunos colegas –John Berger, John Le Carré– se desmarcaban y ponían el dedo en una llaga que cualquier día podía ser propia. En resumen: Rushdie se lo había buscado. Como en otros escenarios de polémica pública, la lectura atenta no se consideró una instancia necesaria.

No es sencillo, dicho sea de paso, en una novela irregular de 500 páginas que se derrama y ramifica hacia los cuatro costados, detectar los pasajes que se estimaron injuriosos. Suceden, vale aclararlo, en una secuencia onírica y pesadillesca que padece un personaje desquiciado. Legitimado por esa coartada, Rushdie debería poder tolerar una ironía puramente literaria: su novela era harto más censurable en términos de calidad.

Como con todos los libros, Los versos satánicos es mucho más, en ciertos aspectos, y mucho menos, en otros, que aquello por lo que se hizo célebre. Casi nada es lo que parece y Rushdie lo supo pronto: los ejemplares de los estantes de su padre eran, en verdad, de una biblioteca comprada por entero a un coronel retirado.

No está entre las condiciones contractuales de un escritor la de ser un santo y en Hijos de la medianoche Rushdie estuvo dispuesto a traicionar a su propia familia. Con Los versos satánicos traicionó a su agente literaria y se pasó a las huestes del «chacal» Andrew Wylie, que le consiguió un adelanto de 850.000 dólares.

Salman Rushdie y su libro "Los versos satánicos". Foto AP

Salman Rushdie y su libro «Los versos satánicos». Foto AP

En el camino, sin  querer, traicionó a sus países: en Pakistán algunos lo consideran indio y en la India un pakistaní; otros prefieren no ennoblecerlo con sus gentilicios y optan por «sujeto británico».

Hablando de lugares: en Joseph Anton –su fascinante crónica de estos años de clandestinidad, y probable y paradójicamente su mejor libro– viajando a la manera de un testigo protegido, Rushdie cuenta que no puede quitarse de la memoria el temor que le infundieron los carabineros de Chile; y que la seguridad que le tocó en Buenos Aires era «manejable, borrable». Joseph Anton fue su verdadero nombre falso durante décadas, gentileza de Scotland Yard.

Las historias que a Rushdie le contaba su padre no eran una por noche: eran una sola, una misma, que no terminaba nunca. Lo estaba entrenando para finales indefinidamente pospuestos, para amenazas irrevocables. Los versos satánicos revela que el momento de desilusión de un hijo con un padre es el que determina que de allí en adelante «hará lo posible para vivir sin un dios de ninguna clase».

La novela cierra, precisamente, con la reconciliación entre hijo y padre, cuando este está a punto de morir. El primer libro que Rushdie redactó después de la fatwa fue Harun y el mar de las historias, una promesa de Salman a su propio hijo, Zafar, que le rogó que se olvidara de los adultos y escribiera algo para chicos.

El mero estado del mundo debería bastar para desanimar cualquier creencia en una divinidad protectora –ya no digamos bienhechora–, sobre todo con semejantes grados de fanatismo y ceguera. Los libros siguen siendo una materia inflamable, pero por muchas mejores razones. Es posible que encontremos, en cada obra escrita y no sólo en las de Swift, Rabelais y Orwell, a un potencial ofendido.

No debe faltar mucho para que un ladrón aduzca sentirse insultado por los artículos de la ley que lo terminará encerrando. La derogación de la ironía nos va llevando, entre otras cosas, a un tiempo más que ingrato, en el que ya nadie se reirá de sí mismo.

MSB/PC



Source link