lunes, abril 15

Programa para unos tristes esperpentos


En El embajador del otro lado, Ignacio Bartolone sube a escena una troupe de criaturas esperpénticas que conviven entre el esoterismo conurbano y la televisión.

A fuerza de invocar al inframundo la escena queda manchada de figuras barrocas. Puro barullo de almas que hicieron de lo esotérico una variante kitsch de lo espectacular. Cuántas posibilidades fantásticas ofrece esa truculenta experiencia de la sordidez devenida en un cotillón macabro del universo de los espíritus. Para entrar en esta zona díscola, mezcla de fantochada y negocio bien aprendido, tenemos como guía al personaje creado por Julián Cabrera. Salido de las catacumbas de lo más esperpéntico del drama televisivo, este conductor majestuoso hace de El embajador del otro lado un programa para las mentes tristes y huérfanas que una madrugada cualquiera deciden apostar su suerte a esta gama de criaturas que Ignacio Bartolone trae a escena.

En su escritura y en los malabares de una puesta donde actores y actrices se presentan como aliados de una aventura que hace de la dramaturgia un experimento, más que una trama, esta propuesta de Bartolone genera una convivencia dislocada y grotesca entre el esoterismo del conurbano y un elemento de la técnica, ya extremadamente añejado, como es la televisión.

Es allí, en ese tiempo que ya parece caduco pero que sobrevive a estas hermandades siniestras del bajo fondo del exorcismo, donde Bartolone se apresura por fundar algo similar a una logia escénica. No hay aquí historias sino puro disparate poético, lazos entre los albores de una literatura desenfrenada (no olvidemos la relación determinante y única que la narrativa nacional y también la poesía tiene con las sociedades secretas y las categorías satánicas que derivan en un paganismo sagrado) y la conjunción de idiomas, de ritmos y acentos que hacen a la materia fraudulenta de sus criaturas.

Se trata, entonces, de sucumbir a la escatología propia de un exorcismo del tercer o segundo cordón bonaerense, de las andanzas por el Chaco de una elegante y afrancesada demoniologa (a cargo de Pilar Viñes) para entender que la parodia no aliviana la construcción sobre el misterio.

En El embajador del otro, la risa es el medio para desnudar lo violento de hoy y de siempre.


En El embajador del otro, la risa es el medio para desnudar lo violento de hoy y de siempre.

Lo que ocurre en El embajador del otro lado es un efusivo tratado asentado en las bases de un esoterismo escénico que va (como pasa siempre con la obra de Bartolone) hacia el pasado para buscar los efectos de las vanguardias y traerlos, un poco mancillados, a un presente donde los estilos inspiran y sacuden la escena. Cómo no pensar en Roberto Alrt cuando nos reímos ante la niña endemoniada que impone Lucía Adúriz Bravo con esa maestría siempre atraída por el límite, dispuesta a pasar al más allá o cuando Cristián Jensen inventa un pai brasileño y en ese empaste del lenguaje, propio de un bricolage, se le pliega una voz conurbada para describir los rituales domésticos que aplica para sacar el demonio del cuerpo ajeno y del propio.

Que la risa aquí no engañe, que el momento festivo que nos convoca en esa sala de Planta Inclán no disimule un saber histórico y violento que se derrama cuando el personaje de Cabrera (con su peluca platinada que trae lo más rancio de la televisión y su porte aristocrático que lo revela como un actor que conjura sutilmente el texto de Bartolone en colaboración dramatúrgica con Agustín Conde De Boeck) llama al espíritu de Raúl Gonzalez Tuñon (“Aquí tu familia, aquí tus juguetes”) y aparece Jensen con un bonete, los pantalones cortos de niño y, entre los enojos y pataleos, recita Eche 20 centavos en la ranura.

Lo que ocurre en ese instante se parece a un teatro de las fuerzas ancestrales, un proceso de creación donde Bartolone y Jensen frasean sobre un material al que hacen nacer de nuevo. Hay algo delirante, farsesco, sensible, vacilante, onírico que sucede casi como un milagro.

La escena de Bartolone lo ha unido todo. No se privó de mezclar nada en ese santuario televisivo. Cualquier cosa podía acontecer porque la palabra estaba dictada por las figuras oscuras de la magia. Esa que se practica en el borde, colindante con la locura. Muñecos con ojos dislocados, monstruos que salen de las tripas, una mujer atildada con carteras (Malena Schnitzer) en el exceso del fetichismo. Una estética de la pose, de la lengua trabada. Hay un decir en los personajes de Bartolone que en la distorsión parecen ir a buscar en el fondo de la lengua esa sustancia demoníaca, rabiosa. “Amantes de la materia, abstenerse”, nos dice El embajador del otro lado. Hay que creer en el alma posesa, confiar en ella y convertirla en otra posibilidad del absurdo.

En sus indagaciones, Bartolone está pensando una escena que no se limita a lo racional ¿Acaso el teatro no viene de los ritos más desatados, de las formas orgiásticas de Baco, de la confluencia con un vino que podía hacer perder toda cordura? Aquí el ritual no es celebrado con la magnanimidad que proponía alguien como Artaud (por poner un ejemplo), que veía en él una potencia revolucionaria para expandir la peste en la vida social.

En Bartolone el ritual no es santificado sino que se acerca a él con una risa que no es burlesca, sino que funciona más como un método de conocimiento. Entrar al inframundo enclenque, a los ritos de una mundanidad empobrecida es también un modo de descubrir otros personajes y otros maleficios. Nuevas alianzas con un drama expulsado, que sucumbe.

El embajador del otro lado
Dirección: Ignacio Bartolone
Horario: viernes a las 22
Lugar: Planta Inclán, Inclán 2661.



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