domingo, febrero 5
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Lula y Bolsonaro, la batalla en el filo de una navaja


La incertidumbre es la marca central de las cruciales elecciones finales en Brasil de este domingo, pero la característica de fondo es que las disputarán el centro político y la ultraderecha. Estas urnas no cancelarán ese conflicto que marcará el futuro inmediato del país, pero definirán qué tipo de gobernanza pretenden los brasileños para navegar esa contradicción existencial.

Ahí es donde debería mirar el mundo y sobre todo el vecindario para evitar esquemas simplificadores y costosas confusiones. Lula da Silva es un desarrollista convencido de que el Estado debe tener un cierto, limitado, nivel de intervención para la asignación de recursos y en las políticas públicas.

Esa mirada la comparte con el ex presidente Fernando Henrique Cardoso, que no es precisamente un político revolucionario, e integra a su modo una escuela desarrollista que llega desde antes de Kubitschek, el constructor de Brasilia, y quizás hasta Getúlio Vargas.

Vale recordar que Cardoso y Lula, su aliado entrañable de esta hora por quien insiste en pedir el voto, en un acto meses atrás en el que se mostraron juntos, se opusieron a la estrategia del presidente uruguayo Luis Lacalle Pou para abrir el Mercosur a acuerdos individuales con terceros países. El capitalismo brasileño es proteccionista.

El ex mandatario, sin embargo, no es un dogmático. Tampoco lo fue Cardoso, el creador del real y del nuevo Brasil, cuyos economistas son lo que se alistan para conformar el capítulo más grave del eventual gabinete petista.

Jair Bolsonaro en campaña en Campo Grande, en el oste de Riod e Janiero. Foto AFP


Jair Bolsonaro en campaña en Campo Grande, en el oste de Riod e Janiero. Foto AFP

Puede discutirse retóricamente hasta qué punto el desarrollismo sería o no una antigüedad, pero en todo caso es un debate sobre formas de capitalismo y sobre cómo recuperar modernidad y crecimiento.

Un ejemplo es que este sorprendente ex obrero metalúrgico, entre las pocas manifestaciones anticipadas que ha hecho sobre su gestión, si es que la corona, ha sido descartar la privatización del gigante Petrobras. Otra vez coincide con Cardoso y al revés que el presidente Jair Bolsonaro.

Por esomismo, esta empresa tuvo una impactante alza en la Bolsa el día después de la primera vuelta que dejó bien parado al mandatario y con posibilidades de ganar el balotaje. Pero esa disidencia no es radical.

La historia es elocuente. Lula en setiembre de 2010 puso en marcha la venta de 70 mil millones de dólares en acciones de esa compañía, la mayor transacción de valores a privados jamás realizada en la historia del mercado bursátil mundial. Son legendarias las fotos del ex presidentes festejando esa colosal privatización.

El analista de mercado Flávio Conde, ex del Citibank y de Itaú, definió este momento de contradicciones que vive el país de un modo sencillo y didáctico. “Lula en su mandato fue completamente liberal. Gobernó con metas de inflación, de control fiscal, centrado en lo que es hoy el gobierno de Bolsonaro… La repetición de Lula 1 sería una de las vías y el mercado aplaudiría».

«Sin embargo -añade-, existe una segunda posibilidad de tener un gobierno al estilo Lula 2 o Dilma (Rousseff), con toda esa matriz económica, mayor inversión pública, mayor déficit y deuda… Hay un interrogante muy grande ahí”.

Esos gobiernos de la ex jefa de Gabinete de Lula, que cerraron el largo ciclo del PT, fueron caóticos y dispararon dos años de retracción en la economía, convirtiendo en escombros el legado de las gestiones del ex obrero metalúrgico. Un drama acompañado de corrupciones oceánicas que enfureciendo a tal extremo a la gente que acabó en manos de Bolsonaro.

Solo dos gobiernos del PT

Es todo tan así que una curiosidad interesante de esta campaña es que nadie alrededor del ex mandatario, ni el propio líder del partido, hablan de “los gobiernos del PT”. Cuando hay que hacerlo se alude a “los gobiernos de Lula”. En esa narrativa hubo solo dos. Los silencios suelen otorgar claridades.

Otra dimensión que no debe obviarse, es que han sido los extremismos del presidente, su discurso violento, xenófobo y misógino, los que le abrieron el camino al centro a Lula. 

Como ya ha señalado esta columna, Bolsonaro, con su ausencia de moderación, fanatismo y desbordes antirepublicanos, ha sido el gran restaurador de la imagen del ex sindicalista metalúrgico quien, hace cuatro años, cuando fue encarcelado bajo cargos de corrupción pasiva, era un muerto político encerrado en el féretro de su propio partido.

La nueva figura del PT, la senadora derechista Simone Tebet haciendo la ele de Lula. Foto EFE


La nueva figura del PT, la senadora derechista Simone Tebet haciendo la ele de Lula. Foto EFE

Hoy medios internacionales como The Economist reivindican al ex jefe de Estado porque, entre otros factores, esperan que lidere un salto de calidad en la institucionalidad brasileña. “Lula sigue siendo el favorito porque Bolsonaro repele a los votantes. El presidente es un trumpista populista que miente tan fácilmente como respira”, escribió sin atenuantes la pulcra revista liberal británica.

Pero la demanda mayor que repite ese medio, y a la cual se sumó últimamente la especializada Nature asi como los principales diarios norteamericanos, es por la urgencia de la protección de la selva amazónica que resuelva el desdén que mostró el actual presidente en momentos que el cambio climático apremia a la humanidad y no deja salidas claras.

Hay un contexto, entonces, que marca los pasos y confirmaría entonces el regreso de un Lula 1, para seguir con la visión del analista Conde. Ese corredor también lo garantizaría el diseño que impuso el electorado que dejó al oficialismo bolsonarista con el control de las primeras minorías en el Senado y diputados.

Si Lula gana, y no lo hace como parece muy improbable por una diferencia aplastante, ese esquema de limitaciones será el regirá el duelo entre estas dos dimensiones de Brasil. Uno gobernará, el otro limitará.

El ajuste

Hay, además, otros problemas que obligan al realismo. El país no tendrá el viento de cola que alimenta la nostalgia sobre los dos gobiernos de Da Silva a comienzos de siglo. Ahora se necesitará un enorme ingenio, por decir lo menos.

El próximo año se derrumbarán los buenos números de la economía de 2022, el crecimiento se contraerá y habrá que resolver una gigantesca bomba fiscal que late hoy oculta bajo el fervor de la campaña.

Es posible cuadrar esos números con reformas profundas, que se conectan con un ajuste del Estado. Paulo Guedes, el ministro de Economía de Bolsonaro, planea fuertes recortes si su jefe es reelecto, que involucran a la educación, sector que el actual gobierno desatendió de un modo hasta violento, y las pensiones.

Ese destino difícil también espera al ex presidente, pero su alternativa iría por defender un alivio social que le permita idealmente pilotear las reformas y resolver una indigencia sorprendente y explosiva que arrebata el alimento a 33 millones de personas.

El propósito de los dos contendientes es lograr un crecimiento similar al 2022 de poco más de 2,5 por ciento, lo que a su vez mantendría en calma la paridad del dólar y la inflación. Muy difícil, pero quizá probable. Lula o Bolsonaro, deberán elegir con mucha seriedad donde irá el bisturí. La operación es inevitable y también los costos políticos.

El ex presidente cuenta con mayores posibilidades de llevar adelante el ajuste por el arraigo que mantiene con los sectores más vulnerables a los que podría contener. Lula y su amplia mesa chica saben que los iconos libertarios del petismo son recuerdos. Estará obligado a negociar con un Parlamento en contra y los principales gobiernos nacionales en manos  opositoras.

La alianza del candidato con el conservador Geraldo Alckmin, su compañero de fórmula, es un pilar en esa mutación necesaria.

El líder conservador Geraldo Alckmin, candidato del PT a la vicepresidencia junto a Lula da Silva. Foto Reuters


El líder conservador Geraldo Alckmin, candidato del PT a la vicepresidencia junto a Lula da Silva. Foto Reuters

Esta presencia se une a una legión de economistas como Pedro Malan, Arminio Fraga, Edmar Bacha y Persio Arida, que respaldan al líder del PT en la seguridad de una conducción responsable de la economía que Lula insiste en garantizar. Mucho más incluso de lo que el establishment espera del imprevisible Bolsonaro. 

Hay otros nombres interesantes en esa escuadra. Henrique Meirelles, el autor del techo legal al gasto público, el embajador y exministro Rubens Ricupero y el legendario André Lara Resende. También Miguel Reale Júnior quien en 2016 fue uno de los autores de la acusación que llevó a la destitución de Rousseff.​ El realismo suele ser hereje.

En esa estructura es donde calza con enorme influencia la senadora Simone Tebet, una abogada conservadora, antiabortista y muy ligada al poderoso sector del agronegocio, que aparece por encima aún de Alckmin, como la garantía de un formato de gobernanza previsible y sin sorpresas.

El propio Lula, que incluso se ha impuesto una transformación cultural personal sorprendente, sobre aborto, religión y familia, ha sido específico respecto a su flexibilidad. “Tenemos que ir más allá del PT”, acaba de sostener con el argumento de la alianza de diez partidos, desde una izquierda muy tenue a una centro derecha consistente, que lo respalda y lo condiciona en este intento.

Los partidarios de Lula en Brasil y en el exterior, sobre todo los más fantasiosos, deberán acostumbrarse a esa arquitectura realista si es que el ex presidente, como todo parece anticipar, logra regresar al Planalto.

SAN PABLO. ENVIADO ESPECIAL
©​Copyright Clarin 2022

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