domingo, febrero 5
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los desafíos frente a un Brasil muy diferente


«Brasil está de vuelta». El lema que suele repetir Luiz Inácio Lula da Silva deja ver que el nuevo presidente pondrá las relaciones internacionales en el centro de su gestión. Y confía en convertirse, otra vez, en líder de la centroizquierda en América Latina.

A su favor tiene la carta de sus dos mandatos anteriores (2003-2010) cuando Brasil mostró un fuerte crecimiento, del 4% anual en promedio, con una marcada reducción de la pobreza, y pisó fuerte en la política y la economía mundial.

Pero el país que vuelve a verlo ahora con la banda presidencial es bien diferente. Como el mundo. Y los desafíos del nuevo jefe de Estado no serán menores.

El líder del Partido de los Trabajadores, que recuperó el sillón presidencial por un puñado de votos en la segunda vuelta de las elecciones –50,9% contra 49,1% del mandatario saliente Jair Bolsonaro-, tendrá que desplegar una delicada estrategia política para hacer frente a los nubarrones que llegarán desde dentro y fuera de las fronteras.

Exactamente 20 años después de asumir la presidencia por primera vez, Lula regresa al poder en un Brasil que lo despidió en 2010 con una popularidad superior al 85%, antes de que un escándalo de corrupción lo enviara a la cárcel y casi a la tumba política de abril de 2018 a noviembre de 2019.

Aunque la Corte Suprema anuló su condena, todavía pesan sobre él las sospechas de gran parte de la población, aunque Lula sostiene que fue víctima de una venganza política que permitió el triunfo de Bolsonaro en 2018, cuando él era gran favorito.

Lula se topa hoy con un país partido en dos, con 58 millones de brasileños que no votaron por él. Dos meses después de las elecciones, bolsonaristas radicales siguen acampando frente a los cuarteles para reclamar una intervención militar para impedir que asuma.

El campamento de los seguidores de Jair Bolsonaro, que piden intervención militar contra la asunción de Lula da Silva, en Brasilia, días atrás. Foto: AFP


El campamento de los seguidores de Jair Bolsonaro, que piden intervención militar contra la asunción de Lula da Silva, en Brasilia, días atrás. Foto: AFP

Ahora llega con la promesa, tal vez tomada prestada de la canción de Chico Buarque, de que “mañana será otro día”. Su campaña se encargó de contraponer el «amor» y la esperanza por un Brasil más justo y más humano, contra «toda la oscuridad» de los cuatro años del gobierno del líder de ultraderecha que dejó el país este viernes y no estuvo en la ceremonia de asunción. Pero de las intenciones a los hechos concretos el trecho será largo. Y complejo.

Reposicionar a Brasil en el mundo

El nuevo presidente pretende reconstruir los puentes dinamitados durante el gobierno de Bolsonaro, que, al menos en su tramo inicial, hizo alarde de su «anticomunismo» y «antiglobalismo» de la mano del entonces canciller Ernesto Araújo.

El ahora ex presidente se burló de China, el mayor socio comercial de Brasil, por el coronavirus. Pasó meses criticando la gestión de su par argentino, Alberto Fernández, y enfrió la relación con Estados Unidos desde que su “amigo” Donald Trump salió de la Casa Blanca y entró el demócrata Joe Biden.

El Brasil de Bolsonaro quedó relegado a un segundo plano en las reuniones del G-20 y dejó de ser invitado a las cúpulas del G-7, donde se suele dar lugar a algunos países emergentes.

Lula quiere revertir esa situación de «paria internacional», según denunció. «Brasil no puede vivir en el aislamiento de hoy, necesita ser protagonista», repitió durante sus actos previos a la asunción. Para ello, impulsará la integración regional, con el retorno a la Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) y a la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), y restablecerá las relaciones con el gobierno del presidente venezolano, Nicolás Maduro, rotas desde 2019 por orden de Bolsonaro.

Además, planea colocar en el centro de su gestión los asuntos de medio ambiente en un giro absoluto respecto de la política de Bolsonaro. De visita en la cumbre del clima de Naciones Unidas, la COP 27, en noviembre en Egipto, Lula prometió frenar la deforestación en la Amazonia.

Seguidores de Lula da Silva acamparon en Brasilia para asistir a su asunción. Foto: AFP


Seguidores de Lula da Silva acamparon en Brasilia para asistir a su asunción. Foto: AFP

Al frente de la Cancillería nombró al embajador Mauro Vieira, un veterano diplomático de carrera que ya ocupó ese cargo entre 2015 y 2016, en el gobierno de Dilma Rousseff.

Trayectoria

Los brasileños, y en especial los más pobres, siguen reconociendo en el nuevo presidente sus orígenes más que humildes, que llevaron a su familia a migrar cuando él era chico, desde el paupérrimo interior del estado de Pernambuco, en el nordeste, hacia San Pablo, motor industrial del país.

Allí fue lustrabotas y vendedor ambulante, hasta que a los 14 años consiguió trabajo como tornero mecánico y se convirtió en un combativo líder sindical. Con su carisma y su habilidad política, fundó en 1980, en plena dictadura militar, el Partido de los Trabajadores (PT), que hoy todavía lidera y que aún es la mayor agrupación de centroizquierda de América Latina.

Fechas destacadas de la vida de Lula da Silva. /AFP


Fechas destacadas de la vida de Lula da Silva. /AFP

Luego de tres intentos fallidos en 1989, en 1994 y en 1998, ganó las elecciones presidenciales en 2002 y llegó por primera vez al Palacio de Planalto el 1° de enero de 2003.

En sus mandatos encarnó una izquierda moderada, con mirada social, pero con un fuerte pragmatismo en lo económico, con recetas ortodoxas muy distantes de la caricatura de comunista con cuernos con la que el bolsonarismo buscó ensuciarlo. Fue elogiado por administrar una bonanza de materias primas que permitió sacar a 30 millones de brasileños de la pobreza.

Pero la realidad es otra hoy, con el fantasma de la inflación sobrevolando el país y el mundo, bajo el signo de la guerra en Ucrania.

Consciente de las dificultades, para enfrentarse a Bolsonaro en las elecciones de octubre pasado, se rodeó de una coalición de diez partidos de ideología diversa, de la izquierda a la centroderecha.

Sin ir más lejos, eligió como compañero de fórmula a Geraldo Alckmin, su antiguo adversario de centroderecha, al que derrotó en las urnas en 2006. El será además el ministro de Industria y Comercio.

El vicepresidente Geraldo Alckmin será a la vez ministro de Industria y Comercio. Foto: REUTERS


El vicepresidente Geraldo Alckmin será a la vez ministro de Industria y Comercio. Foto: REUTERS

Además, Lula eligió como ministra de Planificación a la senadora Simone Tebet, una hacendada antiabortista y conservadora que quedó en tercer lugar en la primera vuelta de las elecciones y es muy respetada por el agronegocio, un sector que hasta ahora se alineó verticalmente con el bolsonarismo.

Tebet gestionará junto con el ministro de Hacienda, Fernando Haddad, un economista del riñón del PT y, para algunos observadores, posible heredero del ahora presidente.

A los 77 años, con la voz quebrada por el cáncer de laringe que atravesó en 2011, Lula regresa al poder aún más moderado, frente a un sector financiero que lo mira con recelo. Una y otra vez insiste en su compromiso de mantener el equilibrio en las cuentas y la responsabilidad fiscal, aunque sin renunciar a su mayor promesa: terminar con el hambre, que se disparó en los últimos años, en especial desde la pandemia, y ahora afecta a 33 millones de brasileños.

Sus habilidades de negociación política se pusieron a prueba en las últimas semanas, con la composición de su gabinete, que finalmente completó el jueves pasado con 37 ministerios (contra 23 actuales) y 11 ministras mujeres, un récord.

Padre de cinco hijos, en 2017 quedó viudo por segunda vez, cuando murió su esposa Marisa Leticia Rocco, primera dama durante sus dos gobiernos. En mayo pasado, ya en campaña electoral, se casó con Rosangela da Silva, «Janja», una socióloga y activista del PT, 21 años más joven que él.

Desde entonces repite que tiene «la energía de un hombre de 30 y las ganas de uno de 20».

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