jueves, octubre 6
Shadow

las dos Isabel en espejo, formas de ejercer el poder en el Reino Unido


Isabel I puso en el 1500 las bases del imperio británico. Isabel II reinó con decoro y extrema discreción.

Alguien dijo hace años, con comprensible exageración, que la potencia del Reino Unido ha sido impulsada por un puñado de mujeres. Pensaba desde luego en la reina Victoria, ícono de todo un período que ha legado una moral definitiva para fines del siglo XIX.

Pero también aludía a las dos Isabel, la primera y la segunda, separadas por cinco centurias en las que se ha desarrollado eso que hoy llamamos “imperio británico”. A ambas las une no sólo el nombre sino, en cierto modo, también su papel histórico, lo que las habilita para colocarlas en un espejo.

En rigor, con 44 años de reinado, la primera echó las bases del poder inglés posterior.  La segunda, a lo largo de siete décadas, conservó las formas de una gloria en agonía, anticipada por la muerte de su padre al final de la Segunda Guerra Mundial.

Poco resta para decir a estas horas sobre Isabel II. Pero de seguro compartía el lema básico de su lejana antecesora: “video et taceo” (veo y callo). En tanto soberana, Isabel II construyó un reinado basado en la supresión de sus propios puntos de vista, cimentando un tipo de liderazgo que estaba por encima de la política.

Una imagen de la reina Isabel II en una estación de tren. Foto Reuters


Una imagen de la reina Isabel II en una estación de tren. Foto Reuters

Brillo propio

Profesional hasta el exceso, actuó con la idea clara de que un monarca reina pero no gobierna. Su mayor poder fue el del silencio y un encomiable sentido del deber y el decoro, lo que le permitió afianzar una monarquía que se había tambaleado en 1936 con la abdicación de su tío, el rey Eduardo VIII, y cuando la princesa Diana, la ex mujer de su hijo Carlos, murió en 1997 como la “reina del pueblo”.

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Según el juicio de varios biógrafos, ese estar por encima de la política también pareció ser el sello inaugural de Isabel I en los umbrales de la Edad Moderna. Pero los extraordinarios efectos que tuvo su paso por el trono entre 1558 y 1603 constituyen un rotundo desmentido a la oscuridad a la que inicialmente parecía estar destinada.

Aunque se ignora el juicio preciso de Isabel II sobre su antecesora, su importancia para la identidad británica es subrayada cada vez con más fuerza por la historiografía. Eric Hobsbawm, al hablar de su reinado, alguna vez afirmó: “El período isabelino ha marcado en buena medida lo que vino después”.

Es que, en efecto, un puñado de sus acciones definió la historia posterior de las islas. Para empezar, luego de ascender al trono en 1558 tras la muerte de su media hermana, cambió de raíz la religión oficial del reino en una época en donde el combate por la fe definía el derrotero político.

​El espejo

Isabel I tomó un país eminentemente católico y lo transformó en una nación protestante fundando la iglesia que separó a su reino de la entonces poderosísima Santa Sede. Cuando Pio V la excomulgó y liberó a sus súbditos del deber de obediencia hacia la monarca, su fiel secretario de Estado, Francis Walshingham, desbarató conspiraciones, liquidó a sus enemigos, desplegó el primer servicio secreto moderno y puso los cimientos de lo que sería la primera gran cancillería de Londres.

El fracaso de la invasión naval a Inglaterra por parte de la católica España en 1588, y la humillación de la hasta entonces “Armada invencible”, asoció a Isabel con una de las principales victorias de la historia militar inglesa.

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Finalmente, la necesidad de impulsar la economía del reino la llevó a alentar una experimentación científica aún en pañales, mientras sostenía de incógnito la labor piratesca y la destreza marinera de una línea de aventureros encabezados por el célebre Francis Drake. Con ello, demostró una inédita comprensión del papel de Inglaterra en una red de comercio -ya entonces- cada vez más global.

En el ocaso de su vida, su reinado comenzó a conocerse como “la era isabelina”. En esos días vio la luz el moderno teatro europeo con William Shakespeare y Christopher Marlowe, dos ilustres desconocidos.

Estas son apenas gemas de un período magnífico. Los 44 años en el trono de Isabel I dieron al reino una notoria estabilidad y ayudaron a forjar un agudo sentido de identidad. Tal vez sea ese mismo espíritu el que los súbditos de hoy celebran también en la persona de otra mujer, Isabel II, que hizo de la discreción su lugar en el mundo.

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