viernes, diciembre 2
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la historia de Yiech Pur Biel


«El deporte es una herramienta para unir a los pueblos», reflexiona el integrante del equipo olímpico de refugiados en Río 2016 y Tokio 2020, exclusivo para Clarín.

Sólo he llorado dos veces en la vida: cuando mi madre me abandonó y cuando me dijeron que formaría parte del primer Equipo Olímpico de Refugiados del Comité Olímpico Internacional (COI).

Entrar con mis compañeros para la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016 me marcó de por vida. No lo olvidaré. Todavía puedo recordar el aliento del público.

No dejaba de pensar en los otros refugiados del campo de Kakuma y en mi familia. Durante un momento, estuve reflexionando sobre todo lo que había tenido que pasar para llegar hasta ahí y sobre el mensaje que teníamos que enviar al público de todo el mundo.

En Río 2016 éramos embajadores de la esperanza, transmitíamos el mensaje de que todo era posible. Hoy, con el reconocimiento del Premio Princesa de Asturias de los Deportes al Equipo Olímpico de Refugiados y la Olympic Refuge Foundation, queda demostrada la validez de dicho mensaje.

Cuando me separaron de mi madre, no sabía si volvería a verla. Ni siquiera si seguiría con vida. En Río, el COI hizo posible que me reuniese con mi familia. Por ser atleta olímpico, pude hablar por primera vez con mi madre desde que tenía 10 años. He aquí la fuerza del deporte, el valor del Movimiento Olímpico.

Yiech Pur Biel, segundo desde la izquierda, en Río 2016.
Foto AFP


Yiech Pur Biel, segundo desde la izquierda, en Río 2016.
Foto AFP

En Río le mostramos al mundo que los refugiados pueden hacer todo lo que se propongan, que esa condición no es un punto final. Para mí, con el COI a mi lado, era el inicio de un nuevo capítulo.

Tras competir en los 800 metros en Río 2016, el COI me ayudó a matricularme en el Iowa Central Community College, en Estados Unidos. Después la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) me nombró embajador de buena voluntad y el COI, líder del Equipo Olímpico de Refugiados en Tokio 2020.

He podido mostrar a más gente que no hay que avergonzarse de ser un refugiado, que todo es posible.

Ahora que también soy miembro del COI y miembro de la Junta de la Olympic Refuge Foundation, puedo continuar arrojando luz sobre las guerras del mundo gracias al altavoz que me ofrece el COI, con el que defiendo a los demás refugiados y hablo en su nombre.

La salida del infierno

El desfile del equipo de refugiados en Tokio 2020.
Foto AFP


El desfile del equipo de refugiados en Tokio 2020.
Foto AFP

En 2005 no tenía más que 10 años cuando las tropas del Gobierno entraron en mi pueblo, en pleno conflicto de Sudán del Sur. Me cambió la vida, pero yo era de los afortunados. Logré escaparme con mi madre y mi hermano. Pasamos tres días en la sabana, alimentándonos de fruta hasta que las Naciones Unidas nos rescataron y nos refugiamos en Kenia. Allí empecé a correr y descubrí el potencial del deporte para unir a las personas.

Con la ayuda de la Olympic Refuge Foundation, una organización creada por el COI, volví a visitar recientemente el campo de refugiados de Kakuma. Vi a mi familia y expliqué que los refugiados pueden encontrar su sitio y forjar su futuro a través del deporte.

Gracias a la Olympic Refuge Foundation, que aspira a ofrecer a un millón de jóvenes acceso al deporte en condiciones seguras en 2024, ahora puedo ayudar a las comunidades que inspiraron mi carrera.

Personalmente, en nombre de todos los refugiados del mundo, agradezco a la Fundación Princesa de Asturias este reconocimiento histórico.

El deporte es una herramienta sin parangón para unir a los pueblos: en el campo de Kakuma vi cómo se forjaban amistades entre personas de 19 nacionalidades distintas. Todo eso fue posible gracias a la fuerza del deporte.

Y en Río 2016 y Tokio 2020 competimos pacíficamente como una misma familia. Nunca se sabe qué nos depara el mañana. Todos podemos ser refugiados, pero también podemos soñar y cumplir nuestros sueños.

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