viernes, diciembre 2
Shadow

El Primavera Sound desembarcó con la participación de clásicos y modernos


La historia dirá que el viernes 14 de octubre de 2022, una nueva franquicia festivalera hizo pie en Buenos Aires por primera vez. El Primavera Sound, un clásico de Barcelona,de grillas soñadas por los asistentes a este tipo de eventos (jóvenes y maduros/as caucásicos de clase media con gusto por el rock alternativo y sus diversos derivados) y prestigio en popa.

En realidad, la fecha de la noche del viernes puede contarse como una “avanzada”. De hecho, en sus tickets pudo leerse como Road to Primavera, porque de alguna manera cronológica está escindido por varias semanas del momento álgido, que tendrá lugar en noviembre, con distintas fechas que correrán entre el 7 y el 13, siempre en Costanera Sur, y con nombres como Bjórk, Arctic Monkeys, Lorde, Travis Scott, Charlie XCX y muchísimos más.

De esta manera, los festivales de música internacional regresan a la zona de Costanera Sur, donde alguna vez supieron afincarse, a comienzos de la década pasada. La incomodidad denunciada por muchos asistentes, problemas con los vecinos de la Villa Rodrigo Bueno y una logística que por muy entusiasta que fuera no pudo sobrellevar el perfil agreste y poco amable del lugar.

Ayer, con algunos cambios, el lugar volvió a mostrarse entre inhóspito y desangelado, acaso marcando un claro contrapunto con el ya asentado Lollapalooza, que desde 2014 se monta en el acomodado circuito interno del Hipódromo de San Isidro. Así las cosas, la opulencia norte para el Lollapalooza y el gris y desapacible sur para el Primavera Sound parece ser la forma en que se marcan los terrenos que, curiosamente, organizan la misma productora: DF.

Lo cierto es que en su arranque, las cosas parecen haber funcionado bien en el predio de Costanera. Si bien las distancias son largas y la noche se mostró insólitamente fría para esta época del año, lo que tenía que funcionar, funcionó. El viento no hizo mella en el sonido, el audio fue bueno y preciso, las pantallas devolvieron calidad y justeza y los horarios se cumplieron sin excepción. Los baños químicos, eso sí, siempre parecen brillar por escasos.

La grilla de esta primera jornada tuvo cuatro artistas que compartieron el mismo escenario. En orden de aparición, la banda argentina Las Ligas Menores fueron las que abrieron la fecha, desarrollando un set de 15 temas que no revistieron objeciones y fueron saludados con fervor por su propio público.

CAT POWER. La cantante Chan MArshall durante su set en el Primavera Sound, versión porteña.
Fotos martin bonetto - FTP CLARIN BON00746-01.jpg Z


CAT POWER. La cantante Chan MArshall durante su set en el Primavera Sound, versión porteña.
Fotos martin bonetto – FTP CLARIN BON00746-01.jpg Z

A las 19:15, y a lo largo de una hora, la estadounidense Cat Power (nombre artístico de la solista Chan Marshall) desarrolló algo que, en sus propios términos, fue una muy buena noche. La salvedad la dispone la irregularidad con la que se suele presentar la cantante en vivo, producto de su asumida inestabilidad emocional y timidez.

Compositora e intérprete laureada, ya había demostrado en Buenos Aires sendas maneras de presentarse. En su debut en el Gran Rex (2009) cumplió con las expectativas que no pudo refrendar en 2017, cuando una noche errática hizo olvidable su show en Niceto. Ahora, junto a una banda de tres instrumentistas, se la volvió a ver en muy buena forma.

Con una presencia física que retrotrae a una posible mezcla de Marilina Ross y la escritora María Moreno, munida de dos micrófonos y un té que fue bebiendo de a sorbos, hizo de su introspección un sketch de simpática informalidad, incluso cuando una vez cerrada su actuación se encargó de recoger su propia lista de temas y arrojarla al público.

En su repertorio desfilaron su particular versión de Satisfaction, lo más parecido que tuvo alguna vez a un hit (Metal Heart) y la sensacional balada The Greatest, con la que cerró su actuación. ““Hubo una vez en la que yo quería ser la mejor/ dos puños de sólida roca/ con cerebros que podrían explicar/ cualquier sentimiento” desgrana ahí, pura sensatez y sentimientos.

Paz Lenchantin. La bajista argentina de Pixies durante el show de la banda el viernes en el Primavera Sound local
Fotos martin bonetto - FTP CLARIN BON01006-01.jpg Z


Paz Lenchantin. La bajista argentina de Pixies durante el show de la banda el viernes en el Primavera Sound local
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El siguiente turno fue de Pixies, algo así como los Santos Patronos del sonido del indie rock, en su tercera presentación en la Argentina, luego de un Luna Park en 2010 y un Lollapalooza en 2014. La marplatense Paz Lenchantin sigue reemplazando a la histórica bajista Kim Deal, y lo hace sin vueltas ni falencias. Con altura, eficiencia y, para la anécdota. un parecido físico a Florencia Kirchner, la hija de Néstor y CFK.

 A fines de los ‘80, la aparición de este conjunto adquirió visas míticas: David Bowie reconoció que rejuvenecieron su carrera y Kurt Cobain (Nirvana) admitió lo evidente: que buena parte de las dinámicas de su música estaban basadas en lo que Pixies estableció como fuerza creativa.

Pixies. En su tercera visita al país, la legendaria banda de Boston entregó todos sus clásicos.
Fotos martin bonetto - FTP CLARIN BON01178-01.jpg Z


Pixies. En su tercera visita al país, la legendaria banda de Boston entregó todos sus clásicos.
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Liderados por el cantante y compositor Black Francis, con el prodigioso guitarrista Joey Santiago como ladero principal, en discos como Surfer Rosa (1988) y Doolittle (1989) refundaron la forma de hacer rock con una imaginería muy física y un contenido surrealista. Temas como Bone Machine y Cactus actúan como las quebradizas muestras de cómo llegaron a revivir el rock ordenando de cero su columna vertebral.

Como si finalmente sus cuerpos, los nuestros, que saltan hasta quebrarse con su frondosa lista de clásicos, fueran osamentas revividas en base a un electroshock de espiritismo y gritos primales. No dejaron clásico sin tocar: Debaser, Where is my mind, las dos versiones de Wave of Mutilation y Monkey go to Heaven.

El problema, si es que lo hay, es que luego de su época de oro (1987-1991) y posterior separación, regresaron para apilar una serie de discos que no observan el valor, la sustancia o la gracia de aquellas entregas. Las canciones allí contenidas, mezcladas con las de su época más creativa, hacen creer que se está viendo y escuchando a dos bandas diferentes,

El caso más patente es la sosa Death Horizon, que en la seguidilla antecede al clásico Here Comes Your Man. La primera, más contemporánea, parece insulsa y malograda puesta en sucesión con el hit de 1989. Y da la real pauta de cómo el horneado y la confección de una canción en manos de la misma gente puede dar paso tanto a una genialidad como a un bluff, en apenas unos pocos detalles.

Pixies terminó su set con una encomiable versión de Winterlong, de Neil Young, a la que arrinconó con un final de feedback, luego de haberla expuesto con gracia. El público terminó exhausto de felicidad y la banda se fue del escenario sin haber dirigido siquiera la palabra a los asistentes.

Precedido por el himno de su tierra natal (Detroit, Estados Unidos) grabado en 1969 por los MC5, el incendiario Kick Out The Jams, Jack White fue el encargado de cerrar la noche. Puede decirse que si la música de Pixies está hecha con huesos rotos, lo del ex White Stripes es puro músculo.

Es imposible no dejarse deslumbrar por toda la música que pasa por los oídos de un asistente a sus shows. Ni los ojos: el cuidado de las visuales, desde la ropa hasta lo que se ve en las pantallas, es de un alto nivel de cuidado.

De aquel llamado “nuevo primitivista” que sorprendía al mundo al frente de The White Stripes asoma este verdadero showman que abreva tanto en el blues como en el hip hop para exhalar su viento huracanado, En su performance, muchas veces adopta el tono de rapeo metalizado digno de Zack de la Rocha en Rage Against the Machine.

Acto seguido, puede hablar con acento sureño o embarcarse en una intro que mezcla el hard rock con las habilidades instrumentales de la banda funk The Meters (Missing Pieces). El tema es que a tanto impacto y musicalidad (a la que ayudan su baterista Daru Jones, el tecladista Quincy McCrary y el bajista Dominic Davis) no todas son perlas.

En algún momento, el show ingresa en zonas pantanosas, donde prefiere incurrir en momentos intrincados a los que parece haber llegar sólo-por-el-hecho-de. Y de esas zonas, simula querer escapar como una ballena varada: con estrépito, a los coletazos, con incomodidades.

A no dudarlo: Jack White es uno de los grandes actores del rock en lo que va del siglo y su show es una cosa digna de verse y experimentar, por lo extraordinario del evento y la solidez de su performance. Pero por momentos parece un Quijote enfrentando a molinos de viento que no existen, blandiendo una heroicidad sobreactuada.

Su set, luego de visitar páginas de sus otras bandas (quien sabe si todavía activas) como The Raconteurs y Dead Weather, cerró con el himno Seven Nation Army, una pieza a la que el fútbol parece haber naturalizado y bastardeado, pero que en situación de cierre de evento, frío epílogo, tocada con una guitarra de caja como si fuera la primera vez que la presenta, supo a éxtasis.



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