lunes, febrero 6
Shadow

de matar un gallo para comer a los cracks de los goles clave y los millones para el club


Es un domingo de fiesta para Racing. Acaba de ganarle una final a Boca en tiempo suplementario con el gol de su última joya: Carlos Alcaraz. De ese alhajero que son las Divisiones Inferiores del club han salido decenas de perlas en los últimos años, que dejaron algunos títulos y más de cien millones de dólares en el club.

Hace tres años, Matías Zaracho, otro hijo de la casa, convirtió un gol clave en la cancha de Independiente para encaminarse al título de 2019. Atlético Mineiro pagó 11 millones de dólares por la mitad de la ficha del “Negrito”.

La lista es interminable: Centurión, Luis Fariña, Zuculini, Rodrigo De Paul, Roger Martínez… y Lautaro Martínez, claro: Inter puso 32 millones de dólares por su pase, la transferencia más alta en la historia del fútbol argentino. El Toro de Bahía Blanca fue cuidado como la joya que es en la pensión del club. Pero las cosas no siempre fueron iguales.

Hay cientos de historias de héroes anónimos que forman el eslabón perdido dentro de las Inferiores de Racing. ¿Nombres? El Choclo Aureli, el Pini Giusta, el Tanito Ruggeri y otros más conocidos más conocidos como Albano Bizzarri, que se cambió en el vestuario de Real Madrid junto a Fernando Redondo, Figo y otros Galácticos, o Javier Lux, campeón con Racing en 2001. Ellos cuentan cómo fue la odisea de vivir en la pensión de Racing hace más de 30 años.

La necesidad tiene cara de hereje: la verdad sobre la muerte del gallo

Marcelo Giusta, con Tita Mattiussi.
Foto Archivo Giusta


Marcelo Giusta, con Tita Mattiussi.
Foto Archivo Giusta

La historia del gallo es un cuento de Roberto Fontanarrosa. Una síntesis perfecta de aquellos malos viejos tiempos en Racing. También es un misterio. ¿Cómo murió el gallo? ¿Quién lo sacrificó? De lo que no hay dudas es que no había otra opción, pero hay por lo menos dos versiones…

El GPS nos ubica en el Cilindro de Avellaneda. Corre el año 95 y todos los días los chicos de la pensión de Racing se despiertan con el canto de un gallo que llega desde la Casa de las Palmeras, una histórica propiedad lindera al estadio Presidente Perón. Y allí estaba el plumífero en cuestión.

«Era una especie de alarma natural que nos despertaba todos los días”, recordó Lux, mientras manejaba una cosechadora en su Carcarañá natal. El volante central campeón con la Academia en 2001 vivía debajo de las tribunas del Cilindro junto a más de veinte pibes, entre los que estaban Bizzarri, el Polaco Bastía, el Choclo Aureli, el Tanito Ruggeri y Marcelo Giusta.

La cosa es que una mañana el pájaro no cantó y los pibes se quedaron dormidos hasta que apareció Tita Mattiussi a los gritos. “¡Fantasma, Choclo, arriba que es tarde!”, escucharon los provincianos de Racing, que saltaron de sus camas.

“Seguro que te escapaste anoche, Fantasma”, increpó con su voz finita la mujer que ya contaba con 76 años al chico de 19 que no era otro que Giusta. Éste era todo un personaje. Lo habían apodado Fantasma porque el día que se sumó a la pensión, a mediados del 94, sus compañeros lo vieron muy parecido a un juvenil que se acababa de ir.

“Miren, apareció un fantasma”, tiró Lux. El apodo le entró como anillo al dedo por otros temas. “No te tenés que escapar. Así no vas a llegar a Primera”, le suplicaba Tita, la histórica cuidadora del Cilindro durante décadas.

La cosa es que aquel día el gallo no cantó, los chicos se quedaron dormidos y tuvieron que salir a tomar el colectivo que los llevaba a entrenar a Ezeiza a las corridas… y con el estómago casi vacío. “Tampoco es que un día normal hubiéramos recibido un desayuno americano”, suma al relato el Pini Giusta, el famoso Fantasma.

Javier Lux, Pablo Garay, Cristian Cabrera y Marcelo Giusta, en la cocina de la pensión de Racing en los 90.


Javier Lux, Pablo Garay, Cristian Cabrera y Marcelo Giusta, en la cocina de la pensión de Racing en los 90.

Aquellos pibes que hoy superan los 40 recuerdan que el entrenamiento fue un suplicio, “con las tripas crujiendo”. Pero a la vuelta el Cilindro fue una fiesta. Roberto Aquino, el histórico cocinero de la pensión de aquellos años, los esperó con un guiso a todo trapo. “Arroz, verduras, alguna legumbre… ¡y pollo! O al menos parecía pollo”, recuerda Aureli.

“¿De dónde sacaste esto, Rober?”, le preguntó uno de los pibes, desprevenido, ya que no estaban acostumbrados a que el menú de la pensión incluyera ningún tipo de carne.

Y la sonrisa del cocinero lo dijo todo. “Ahí nos dimos cuenta de que el gallo no había cantado y no iba a cantar más… porque estaba siendo parte del almuerzo”, completa el Choclo.

“Eran los años en los que Racing no tenía un mango y resistía gracias a tipos como Roberto y Tita. Todos los días el cocinero se las tenía que rebuscar e inventar algo para darnos de comer. Y aquel día hubo que sacrificar al gallo del vecino para meterle alguna proteína al guiso”, recuerda Lux.

Pero el Fantasma tiene otra versión. “Al gallo lo matamos nosotros”, confiesa como recordando a un chico que robó un dulce del kiosco. Y ubica protagonistas en tiempo y espacio: “El Javi le dio un palazo que lo dejó grogui”. Hay más voces.

“A mí la anécdota del gallo no me enorgullece. Me da un poco de vergüenza”, cuenta Bizzarri desde Europa. “El gallo andaba todo el día ahí. Se subía al muro, saltaba al playón y te miraba como marcando el territorio. Hasta que un día dijimos: ´Vamos a comernos ese gallo´. Y lo ejecutamos”, cierra el arquero, que pasó por Real Madrid, Génova y AC Perugia Calcio.

Fideos a la parrilla y la épica del sufrimiento

Fideos con tuco en la pensión de Racing.


Fideos con tuco en la pensión de Racing.

Otro día de aquellos complicados ’90 cortaron el gas por falta de pago en el estadio de Racing y la pensión se quedó sin uno de los servicios esenciales. Los pibes no se podían bañar. Pero, lo más grave, tampoco se podía cocinar. Y ahí estaba Roberto otra vez para sacar adelante el almuerzo.

“La pensión tenía una especie de patiecito interno debajo de las tribunas y Roberto se armó una parrillita ahí nomás”, reaparece Bizzarri. “Roberto nos mandó a buscar madera y a caretear un poco de carbón en los negocios de los vecinos. Al rato teníamos un olor a humo tremendo, pero sacamos lo que iba a ser una nueva especialidad de la casa: fideos a la parrilla”, se suma el Choclo.

¿Cómo salieron? “La verdad que estaban incomibles. Pero lo peor fue que ese patio no tenía salida y entonces se llenó de humo la pensión. Te diría que eso fue lo que nos sacó el hambre”, completa Bizzarri, quien vive en un pueblito llamado Gotzano, en el norte de Italia.

Roberto Aquino no tardó en convertirse en un referente para los chicos de la pensión. Como le pasaba a todo Racing, el club le debía varios meses de sueldo pero él no dejaba de ponerle un amor tremendo a su trabajo.

Roberto tenía una cicatriz que le atravesaba la mitad de la cara. “Para nosotros era normal, porque lo veíamos todos los días, pero era una cicatriz grande, al estilo Ribéry”, recuerda Bizzarri, que fue el que más empatía hizo con el cocinero.

Albano le habló de su familia, le contó que su papá, Jorge Lorenzo, era el planchero de Etruria, una localidad del sudeste cordobés que apenas cuenta con cuatro mil habitantes. “El planchero es el tipo que se levanta todos los días a las cuatro de la mañana y se mete con el camioncito en los tambos y lleva la leche a la fábrica. Trabajaba todos los días, sábados, domingos y feriados”, explica.

Un clásico: el colectivo roto y los pibes de Racing empujando para llegar a un partido.


Un clásico: el colectivo roto y los pibes de Racing empujando para llegar a un partido.

Entonces Roberto, que era correntino, se identificó con el futuro arquero de Real Madrid. Le contó que había tenido un accidente en una Renault Fuego y lo invitó a su casa a conocer a su familia. “Era una banda de correntinos tremenda. Me acuerdo que comimos asado y jugamos al truco toda la noche”, recuerda Bizzarri algo nostálgico.

El final de Roberto no fue el más feliz. No se pudo recuperar nunca de la debacle de Racing, que no le pagó nunca lo que le debía, y, según supieron los pibes de aquella época, murió años después en su casa de Florencio Varela.

-¿Por qué le tenían cariño a Racing si la pasaban tan mal?

-Por Tita, dice Lux.

-Claro, por Tita y por los tipos como Roberto, cierra Bizzarri.

«En aquellos años, en Racing lo importante era sobrevivir»

Bizarri, Lux, Alexis García, Carlos López, Franco Ruggieri y Sebastián Córdoba.


Bizarri, Lux, Alexis García, Carlos López, Franco Ruggieri y Sebastián Córdoba.

Una de las frases más recurrentes en cada charla con aquella generación de juveniles es que “en aquellos años lo más importante era sobrevivir”. Y en los rebusques del día a día uno de los mayores hallazgos fue conocer al dueño de un locutorio que les permitía recibir llamadas para que no gastaran.

Los pibes estaban “a la buena de Dios”. La entrada y la salida de la pensión era un colador, como las defensas del Racing de aquellos años.

Caía la tarde y el Choclo Aureli buscaba algún compañero que lo acompañara a esperar la llamada de sus padres, que estaban en Rafaela. Y el recuerdo lleva a una nochecita del 96, cuando le pidió al puntano Ortiz (“Un 9 que la rompía pero lo traicionaba la personalidad: se le pelaban los cables y se iba a las manos rápido”, según cuenta el Choclo) que lo acompañara a hablar con los viejos.

De regreso, cuando estaban llegando a Colón para entrar al Cilindro, aparecieron tres tipos de caño. Pero ese día el puntano decidió no irse a las manos. “Salió corriendo y yo quedé con los chorros que me apuntaban a la cabeza y me decían: ´Dame todo o te quemo´”.Pero yo no tenía un mango, imaginate», recuerda.

Unos días antes, el padre del Choclo le había mandado de regalo unas New Balance, las zapatillas que estaban de moda en los 90. “Si no tenés guita, danos toda la ropa”, le dijeron los chorros al pibe santafesino. “Bueno, pero dejame las zapas que tienen 15 días nomás”, les suplicó. Obviamente, no los conmovió: un rato después, lo tiraron desnudo (y descalzo) en la puerta del Cilindro.

Pasaron un par de días y llegó el viernes, el día en el que Tita agasajaba al plantel de Primera en el salón comedor de la pensión con una picada. Y los pibes veían de cerca a sus ídolos, claro. A esa altura de los 90, teniendo en cuenta el momento económico que vivía Racing, la picada no sería gran cosa pero todos querían devolverle un poco de todo lo que había hecho Tita por cada jugador que arribaba al club.

Unos años antes de que llegara el Choclo, el infaltable a la cita era nada menos que Rubén Paz, un devoto de “la mamá de Racing”, como la llamaban los jugadores que la conocieron. Otro de los infaltables era el Mencho Medina Bello, también agradecido de la calidad humana de Mattiussi.

La cosa es que esa semana el que había pasada por la pensión había sido el Cabezón Marini. Y, al parecer, Tita le habría contado el mal trago que había pasado “el grandote”, como le decía a Aureli por ser el mayor de la pensión. “Unos días después, se apareció Marini con un par de zapatillas de regalo. Nunca lo supe, pero tampoco tengo dudas que había sido todo obra de Tita”, dice el Choclo.

Marcelo Giusta, con Diego Maradona: el Fantasma salió y se quedó dormido el día que iba a ir al banco contra Boca.


Marcelo Giusta, con Diego Maradona: el Fantasma salió y se quedó dormido el día que iba a ir al banco contra Boca.

El Fantasma Giusta en cambio tenía más suerte. A esa altura del partido ya le hacía honor a su nombre. “La verdad que me gustaba mucho la joda y me escapa todo el tiempo”, acepta Giusta, quien no se arrepiente de las posibilidades perdidas. Es que un día le llegó la gran chance al Pini (su otro apodo) y fue convocado para ir al banco en el clásico frente a Boca en la Bombonera. La anécdota tiene fecha: 16 de abril de 1995, la tarde/noche del golazo del Kiki Galarza desde afuera del área. Aquel equipo era dirigido por Diego Armando Maradona.

El Pini era un volante talentoso, enganche, aunque de esos que piensan que el esfuerzo es el último elemento a utilizar a la hora de jugar al fútbol.

-¿Cómo te fue aquel día en la Bombonera?

-Me quedé dormido y llegué tarde. Me dejaron afuera de los concentrados.

-¿Qué te pasó?

-Me fui de joda al Bosque, en Quilmes, y me acosté a cualquier hora. Llegué tarde y me cortaron en seco: “No pibe, esto no es así. Estás afuera”.

-¿Te arrepentís a la distancia?

-No, yo viví lo que era estar en Racing. No tengo resentimiento; al contrario, me hice fanático. ¿Quién me quita lo bailado?

Un asado por ganarle a River y las prioridades de Lalín

Daniel Lalín terminó pidiendo la quiebra de Racing.
Foto EFE


Daniel Lalín terminó pidiendo la quiebra de Racing.
Foto EFE

El último recuerdo. Una mañana, después de un clásico con River, un hincha se acercó a los pibes de la ’77 que vivían en la pensión. Se llamaba Alejandro Alonso, vivía en Quilmes, tenía 32 años y era fanático de Racing.

-¿Cómo les puedo dar una mano? ¿Qué necesitan?, preguntó Alejandro.

-Comida, respondieron al unísono el Tanito Ruggeri y Javi Lux.

-Si le ganan a River la semana que viene, los invito a comer un asado, lanzó Alonso, sin dimensión del hambre real que tenían esos pibes.

-Danos el empate aunque sea, le retrucó Lux.

Naranjo, Zaccanti (el sobrino de Cosme) y Giusta, con Diego Maradona


Naranjo, Zaccanti (el sobrino de Cosme) y Giusta, con Diego Maradona

Sin hacer una épica del hambre, una semana después los pibes de Racing se mataron para conseguir un resultado contra un River que tenía un equipazo, con Pablo Aimar a la cabeza.

Ganaron 1-0 con gol del Chanchi Estévez y, según Lux, “se festejó como un campeonato”. Pero la verdad es que no habían salido campeones: se habían ganado un asado.

Alonso recuerda que aquella noche los chicos comían desesperados: “Eran todos  divinos, súper respetuosos, pero se notaba que tenían hambre”.

A partir de entonces la cita se volvió un clásico: después de la fecha de Inferiores, los Alonso recibían los fines de semana a unos veinte pibes de la pensión, que más tarde fueron cinco fijos: Bizzarri, Lux, Ruggeri, Giusta y Aureli.

Osvaldo Otero, quien presidió Racing entre 1995 y 1997, vio la dedicación de Alonso para atender a los pibes y le ofreció hacerse cargo de la Secretaría de Fútbol Amateur. Pero atrás de Otero estaba Daniel Lalín, quien, lejos de apostar por el futuro, elegía gastar millones en compras y mandó a asfaltar las canchas linderas al Cilindro, donde jugaban los chicos del Baby para construir un estacionamiento.

Los pibes pasaban hambre y Lalín traía 15 jugadores por mercado. Encima les sacaba las canchas. Estaba todo muy claro”, sintetiza Alonso, quien empezó a chocar con el nuevo presidente.

Una tarde del ’97, el quilmeño se encontró en el playón del Cilindro con el excéntrico dirigente, quien para entonces ya presidía el club, y se le fue encima.

-No podés dejar a los pibes sin cancha. Ahora se tienen que ir a jugar de local al fin del mundo, le reprochó.

-Yo quiero ganar la Libertadores y para eso necesito plata, fue, según recuerda Alonso, el argumento de Lalín.

La cosa se puso cada vez más caliente. Y al pelado no sólo lo seguía la estela del humo del habano y el perfume importado. También tenía un par de muchachos que le cuidaban las espaldas bien de cerca. “Cuando vio que nos pusimos cara a cara, uno de sus guardaespaldas se me vino encima. Me di cuenta que no me daba la talla para pelearme con ese tipo. Me refiero a Lalín, no al patovica. Renuncié”.

Ese era el Racing de los ’90: un club de fútbol que pavimentaba las canchas para hacer playas de estacionamiento en el lugar donde jugaban los pibes y gastaba millones para lograr un título que ya se postergaba por 30 años.

“Si me preguntás, yo creo que ahí está el inicio de todo. Cuando Racing quedó afuera de la semifinal de la Copa del ’97 con Sporting Cristal, fue como firmar el acta de defunción. Probablemente ahí esté la causa de la quiebra: el club se sobreendeudó para lograr un objetivo que no consiguió”, analiza Alonso.

A más de tres décadas de aquellos tiempos, ahora el drama de Racing es perder finales. Hace siete días, unos señores grandes (eran tres o cuatro) insultaban a Enzo Copetti, el goleador del equipo que abandonaba la cancha con una posible rotura de los ligamentos de una rodilla (por suerte la lesión fue más leve). Como si desconocieran estas historias de un Racing fundido, que terminó pidiendo la quiebra y quedó a punto de desaparecer.

Ahora Racing gana campeonatos, ligas, llega a las finales de Copas y copitas y, cada tres o cuatro años, le agrega una estrella a su pecho. Y todo se logró gracias un club que se ordenó por las ventas millonarias de sus pibes, que ahora son cuidados como lo que son: el futuro, cuesten diez pesos o treinta millones. Ahora el sentido de pertenencia tiene más sentido.

Los partidos clave se pueden perder o ganar. El problema más grande puede ser olvidar el recorrido. Por eso es bueno recordarlo.

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