lunes, diciembre 4

Cristina Kirchner en shock, Sergio Massa a la deriva y por qué Mauricio Macri quedó atrapado por Javier Milei



Cuando Mauricio Macri se contactó con Javier Milei, el domingo a la noche, el economista estaba debajo de la ducha. Tardó un tiempo en salir y más en acomodarse el pelo y las patillas. También en maquillarse. Ambas tareas pasaron por las manos de la influencer y cosplayer Lilia Lemoine. Es una ceremonia que se repite cada vez que el economista se prepara para salir a escena y a la que están vedadas otras personas. El cuidado de su look es uno de los secretos mejor guardados en La Libertad Avanza. El peluca, como le dicen sus admiradores en Tik-Tok, había pasado la tarde-noche en el hotel Libertador, a diez cuadras del Obelisco, con asesores que entraban y salían de un amplio living del piso 21. Milei estuvo largas horas recluido en su cuarto, solo, haciendo zapping y recibiendo por WhatsApp las primeras tendencias. Su hermana, Karina -“el jefe”, como la llama él-, era la única que podía pasar a verlo sin tocar la puerta.

Ya listo para salir al escenario, pasadas las 23.30, Milei revisó los titulares de noticias en su teléfono, que lo daban como la sorpresa de las primarias. En su celular se acumulaban cientos de mensajes. Uno de ellos era de Macri. El ex presidente le escribió un texto breve y contundente para felicitarlo. Tenía otro de Jorge Macri, uno de Rogelio Frigerio y otro de Patricia Bullrich. Son de los pocos que pudo reconocer. Si le escribieron más políticos, lo desconoce: cuando no tiene a alguien registrado, Milei bloquea el contacto de inmediato.

Con los dos Macri chateó y, más tarde, habló con Jorge; con Frigerio, que se había impuesto en Entre Ríos, intercambió saludos afectuosos. A la única que ignoró fue a Bullrich. La ex ministra creyó que no podía ser y volvió a escribirle el lunes. Nada. El rencor se mantiene. Milei la acusa de haberle hecho operaciones en su contra. El 22 de octubre se volverán a ver las caras. Y, si no se alteran demasiado los resultados de las PASO, podrían enfrentarse en un balotaje.

Quién lo sabe. Hay 10,4 millones de personas que no fueron a votar y podrían ser decisivas para modificar el resultado. Nadie tiene la bola de cristal. Los encuestadores, menos. Volvieron a quedar golpeados. A Larreta, la noche anterior a la votación, le decían que estaba empatado con Bullrich. A Milei le daban un piso de 12 puntos y un techo que no superaba los 20. Desde el año pasado, cuando se equivocaron en Marcos Juárez -donde solo podían sufragar 24.177 y vaticinaron un ganador que terminó perdiendo por 17 puntos- los encuestadores acumularon solo frustraciones. Es cierto, la sociedad no los ayuda: los electores pueden cambiar el voto en el trayecto que va de su casa al cuarto oscuro. Hay asesores de Larreta que creen que en la Ciudad perdió votos el mismo día de la votación por parte de gente enojada por las colas que tuvo que hacer ante la obligación de tener que votar dos veces.

Nadie daba por ganador a Milei. Se han gastado auténticas fortunas para instalar candidatos con sondeos, algunos de ellos falsos o manipulados, y solo pensados para crear climas en favor de quienes los financiaban. Las operaciones de instalación ya no garantizan éxito. Tampoco son tan efectivos los operativos de entregas de mercaderías o electrodomésticos en los barrios más vulnerables. Ni las campañas de desprestigio. Pueden ayudar, pero no son vitales. Viejos paradigmas se derrumban.

Sergio Massa tampoco la vio venir. “La campaña es la gestión”, le había aconsejado su asesor catalán, Ántoni Gutiérrez-Rubí. Acertaron los dirigentes más políticos del espacio, que no podían creer lo que escuchaban y que ahora, con el resultado puesto, se burlan: “¿La gestión? ¿No había otra cosa?”. El tren proselitista del ministro de Economía entró en colisión. Hasta tuvieron que ir a pedirle perdón a Julio Zamora, el intendente de Tigre, al que corrieron de la boleta y dejaron solo con Juan Grabois con la idea de favorecer a Malena Galmarini, que terminó perdiendo. Zamora lloró la noche de la victoria. Quizás algún día se cuente, con pruebas, la verdad del asunto.

Ni la campaña del miedo ni el Plan Platita que improvisó en los últimos días el Gobierno ni la competencia con Grabois para retener a los votantes que se podían ir por izquierda salvaron a Massa. Por primera vez desde la fundación del peronismo un candidato propio salió tercero en una presidencial. El lunes hubo una devaluación del 22% y desde entonces el dólar blue fue una pesadilla. La inflación, ni hablar. La cifra de agosto será exorbitante.

Cristina quedó paralizada en Santa Cruz y decidió volver más tarde de lo previsto para no poner la cara en el búnker. Fue la única vez, desde que dejó el poder en 2015, que la jefa no dio señales antes de la veda ni después de que se abrieran las urnas. Con Daniel Scioli y Alberto Fernández fue más generosa. Podría decirse que ella sí la vio venir, aunque no tanto. “Pensaba en una mala elección, pero nunca que fuéramos terceros y con un piso tan bajo. Estaba en shock”, dicen quienes pudieron verla.

Kirchneristas y massistas se preguntan si existe alguna fórmula mágica para revertir el resultado. Massa hizo hincapié en que no quedó tan lejos de Milei. Es cierto. Su apuesta es la de todos: ir a seducir a los que no votaron. La gran pregunta es cómo. Ya se probó que, con la gestión, no funcionó. Massa espera tomar aire en los próximos días, cuando viaje a Washington, y pueda anunciar que está la plata para afrontar los próximos compromisos con el FMI.

El diputado Eduardo Valdés dijo que Massa tiene que renunciar para dedicarse a la campaña. Lo contradijeron, pero Valdés no hizo más que blanquear lo que muchos dicen en privado. Que, como bien decía Massa antes de ser candidato, ambas funciones son incompatibles. Massa dijo ahora que no renunciará con el mismo ímpetu con el que antes decía que no iba a ser candidato.

La victoria de Milei puso patas para arriba no solo al oficialismo. Un frío helado corrió la noche del domingo por los cerebros más pensantes de Juntos por el Cambio. La suma Bullrich-Larreta estuvo debajo de lo esperado. Los más pesimistas habían hablado de 32 puntos y los optimistas suponían que podían estar por encima de los 35. Sacaron 28. Los festejos en el escenario fueron, para aquellos cerebros, desmedidos. A eso hay que sumar que Kicillof resultó el más votado en la Provincia y que le alcanzará con ganar por un voto en las generales para obtener la reelección.

La Ciudad volvió a quedar a salvo y en manos del macrismo. Aunque con un susto mayor al esperado, Jorge Macri se impuso a Martín Lousteau y juntos reunieron casi el 56% de los sufragios. Hubo desahogo en la tropa que responde al macrismo ortodoxo. Desahogo y un festejo particular en Moby Dick, con -para muchos invitados- pasajes de mal gusto, como cuando subieron al escenario varias personas con enanismo, contratadas para bailar con la banda presidencial en el pecho. Dicen que había un contrato que obligaba a los asistentes a “no revolearlos” por el aire.

Cuando empezó a bajar la espuma, en Juntos por el Cambio se instaló la preocupación por construir una campaña “súper profesional”, que le permita a Bullrich llegar al balotaje. Se encargaron trabajos de focus group que puedan servir de guía. Macri, el principal apoyo de Bullrich en las PASO, se ilusiona con una segunda vuelta entre ella y Milei.

El economista instaló que, si gana la presidencial, le propondrá a Macri un puesto de “súper embajador”. Lo metió en un brete porque a Macri le reprochan su cercanía con el libertario. Elisa Carrió, enojada, presentó su renuncia a la candidatura en el Parlasur. Y en la UCR hay voces muy críticas, que prefieren callar. La cercanía Macri-Milei es evidente. Milei dice lo que decía Macri hace muchos años. “El Mauricio original”, razonan quienes lo conocen hace 30 años.

En algún momento, en nombre del libertario, a Macri le ofrecieron hacer una fórmula Macri-Milei (en ese orden) y el ex presidente les contestó que de ninguna manera podía irse de Juntos por el Cambio y que su apuesta era Bullrich.

¿Y Alberto Fernández? ¿Dónde está el Presidente? Alberto ha tomado una distancia inédita de las decisiones públicas y de la campaña, de la que lo marginaron y de la que él, que avizoraba la debacle, también se marginó. Se dedica a funciones protocolares. Hay días en que no tiene agenda.

En esas jornadas, a veces, se producen largos almuerzos. Más de un invitado se ha puesto incómodo porque se tenía que ir y la charla seguía. ¿Cómo decirle “me tengo que ir” a un jefe de Estado? Qué momento.

Hace poco, un periodista llamó a Fernández para hacerle una consulta, y la respuesta fue inesperada: “Venite ya a Olivos”. El periodista asistió y permaneció dos horas y media.

Fernández se entretiene contando las peripecias a las que lo sometió Cristina. En esos tiempos de ocio cuenta anécdotas divertidísimas. Divertidísimas y trágicas para la Argentina. Se lo nota con sed de venganza. Ha comenzado a decir que leyó los expedientes que afectan a la vicepresidenta y sostiene que, más temprano que tarde, Cristina tendrá que pasar unos años de encierro obligado.

Es duro el llano, debe pensar Alberto, pero mucho más duro es no poder salir a la calle por una condena. 



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