jueves, diciembre 1
Shadow

a 60 años de su muerte, el lado menos conocido del mito


«El viaje termina aquí«. La frase, escrita en latín (Cursum Perficio), en la puerta de entrada del 12.305 5th Helena Dr, en Brentwood, un barrio al Oeste de Los Angeles, dejó de ser una referencia cotidiana para convertirse en una eterna, el 4 de agosto de 1962. Ese día, la única habitante de la propiedad, Marilyn Monroe, murió en su dormitorio.

El día siguiente amaneció con el verano californiano a pleno. Adentro de la casa, el cuerpo inerte de la actriz más icónica de todos los tiempos, yacía boca abajo en la cama y apenas cubierto por sábanas blancas. A su lado, frascos vacíos de Nembutal, pastillas sedantes, un teléfono descolgado. Y silencio. Tenía 36 años.

Marilyn Monroe, posa para el fotógrafo Earl Theisen en la California de 1947. Foto: Theisen/Getty Images

Marilyn Monroe, posa para el fotógrafo Earl Theisen en la California de 1947. Foto: Theisen/Getty Images

La noche previa a su muerte se celebró una fiesta en la mansión sobre la playa de Peter Lawford, uno de los actores del llamado Clan Sinatra. Marilyn estaba invitada, pero prefirió no ir, se sentía cansada y se acostó temprano. Antes del amanecer, su ama de llaves llegó a la casa y la encontró sin vida.

Sesenta años después, la muerte de Marilyn Monroe sigue rodeada de misterio. Aunque todo indica que Norma Jean (su nombre de nacimiento) se quitó la vida con un exceso de barbitúricos, las especulaciones continúan hasta hoy. Y hablan de conspiraciones que involucran al expresidente John Fitzgerald Kennedy, a su hermano Robert Kennedy, a la CIA, al FBI, a Frank Sinatra, a la mafia y a su propio psiquiatra.

La investigación de la muerte de la actriz reveló datos curiosos: la casa de Brentwood estaba sembrada de micrófonos (que fueron encontrados recién en 1972 por nuevos propietarios), lo que alimenta la versión conspirativa de que la diva era espiada, y que la presión que recibía por parte del poder político de los hermanos Kennedy, que fueron sus amantes, la «empujó» a su trágico final.

Imagen de la cama donde Marilyn Monroe amaneció muerta, en su casa de Brentwood, Los Ángeles, California. Foto AFP

Imagen de la cama donde Marilyn Monroe amaneció muerta, en su casa de Brentwood, Los Ángeles, California. Foto AFP

Otro dato, menos conocido y mucho más agradable, es que la morada de Marilyn estaba repleta de libros. En su biblioteca se hallaron 461 ejemplares, entre ellos, Crimen y castigo, de Fiodor Dostoievski; Ulises y Dublineses, de James Joyce; Madame Bovary, de Gustave Flaubert; Hubo una vez una guerra, de John Steinbeck, y Fiesta, de Ernest Hemingway.

Además había textos de Truman Capote, Jean Paul Sartre, libros de filosofía, de arte y de psicología, entre otros. Monroe también leía mucho sobre historia, especialmente sobre Abraham Lincoln, el decimosexto presidente de los Estados Unidos. «Me interesaba todo sobre él. Era el único estadounidense famoso que se parecía más a mí, al menos por su desdichada infancia», explicó alguna vez la actriz.

Pero además, en aquella casa habia varios cuadernos con anotaciones tipo diario íntimo. Uno de ellos desapareció poco después de la muerte de la actriz. Sin embargo, muchos de sus apuntes sobrevivieron, como mensajes en botellas tiradas al mar, con reflexiones y poemas que dan cuenta de un costado poco conocido de Marilyn.

En esta foto proporcionada por Weingrad & Weingrad vemos a Marilyn en Los Ángeles en julio de 1962. Foto Bert Stern/AP

En esta foto proporcionada por Weingrad & Weingrad vemos a Marilyn en Los Ángeles en julio de 1962. Foto Bert Stern/AP

«Socorro, socorro, / socorro. / Siento que la vida se me acerca / cuando lo único que quiero / es morir» escribió, casi anunciando su triste final, harta de que el mundo la mirara embelesado, pero casi nadie se animara a amarla tal como era y más allá de su belleza abrumadora.

«Me gustaría estar / muerta -absolutamente no existente- / ausente de aquí, de / todas partes pero cómo lo haría / Siempre hay puentes«, escribió en otro poema.

«El puente de Brooklyn / me encanta ese puente (todo se ve hermoso desde su altura y el aire es tan limpio) al caminar parece / tranquilo a pesar de tantísimos / autos que van como locos por abajo. Así que / tendrá que ser algún otro puente / uno feo y sin vistas -salvo que / me gustan en especial todos los puentes- tienen / algo y además / nunca he visto un puente feo-«, describía Marilyn.

Consciente de ser parte de la maquinaria de la industria cinematográfica más poderosa del mundo, la actriz se consideraba a sí misma un bicho raro en ese universo de pura apariencia, fantasía y presiones.

En su autobiografía, My Story, se preguntaba: «¿Por qué soy una inadaptada en Hollywood? Mis carencias sociales hacen que no sea capaz de reír todo el tiempo en las fiestas o no seguir charlando como una cotorra con otras cotorras».

Y agregaba: «Pero para mí, estas cosas eran menos importantes que otras carencias sociales que yo percibía en los demás. En Hollywood te pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma».

Marilyn Monroe tenía más de 400 libros en su biblioteca. Foto AFP

Marilyn Monroe tenía más de 400 libros en su biblioteca. Foto AFP

La obligación social de mostrarse siempre espléndida y feliz, chocaba con su fragilidad y sus heridas abiertas tempranamente. Su psiquiatra, Ralph Greensom, recibió una carta suya, en 1961, donde Marilyn intentaba explicarse a sí misma.

«Sé que nunca seré feliz, pero sé que puedo ser muy alegre. Acuérdese, ya le conté que (Elia) Kazan me dijo que era la chica más alegre que había conocido nunca. Pero me quiso durante un año, y una vez me acunó cuando tenía una angustia muy grande», decía la carta.

En referencia a otro poeta que admiraba, el inglés John Milton, agregó en el mensaje a su psiquiatra: «¿Es Milton quien escribió ‘los hombres felices nunca nacieron‘? Sé de lo que hablaba».

Contra todos los prejuicios de la rubia tonta que se perpetuaron en el tiempo, Marilyn contó en una entrevista cómo repartía el tiempo en sus comienzos en Hollywood: «Nunca asistía a los estrenos, ni a las conferencias de prensa, ni a las fiestas. Y era porque estaba en la escuela. No había podido completar mi formación, así que estudiaba en clases nocturnas en la Universidad de Los Ángeles».

Decidida a ser una mejor versión de sí misma, la actriz contaba que «de día me ganaba la vida haciendo papelitos en el cine. Y de noche asistía a clases de historia y literatura».

Marilyn Monroe era una lectora feroz. Aquí, leyendo "Ulises".

Marilyn Monroe era una lectora feroz. Aquí, leyendo «Ulises».

En una de sus miles de fotos famosas, se la ve leyendo el Ulises, de Joyce. Pero no era pose. Marilyn se refugiaba en la lectura habitualmente. Lo hacía durante las filmaciones, en los descansos entre una escena y otra, y también en la soledad de su casa.

Ese estereotipo que perpetuó Hollywood tenía poco que ver con la mujer real, la del coeficiente intelectual de 165. Marilyn admiraba a Albert Einstein, con quien se cruzó en varias oportunidades por amigos en común, y con quien le gustaba conversar. Además, su tercer marido fue el dramaturgo Arthur Miller, a quien admiraba desde siempre.

Una foto del libro de Sam Shaw "Marylin, the New York Years", con fotos tomadas entre 1954 y 1958. Foto AFP

Una foto del libro de Sam Shaw «Marylin, the New York Years», con fotos tomadas entre 1954 y 1958. Foto AFP

En la casa de Brentwood también estaba el único recuerdo que le había quedado de su madre, Gladys Baker; un piano blanco. La mujer pasó gran parte de su vida en instituciones psiquiátricas y el piano había sido vendido en un momento de necesidad. Pero Marilyn, ya consagrada como estrella, pudo encontrarlo, comprarlo y conservarlo con ella hasta su muerte.

Con una constante sensación de no encajar en el mundo, Marilyn se definía como «egoísta, impaciente y un poco insegura». Y además admitía: «Cometo errores, pierdo el control y a veces soy difícil de lidiar. Pero si no podés lidiar conmigo en mi peor momento, definitivamente no me merecés en el mejor».

Marilyn Monroe leyendo un libro de arte sobre Goya (1953). Fotografiada por Bob Beerman. Foto AFP

Marilyn Monroe leyendo un libro de arte sobre Goya (1953). Fotografiada por Bob Beerman. Foto AFP

Además de la literatura, Marilyn disfrutaba de la pintura. Aseguraba que uno de sus pintores favoritos era Francisco de Goya, porque se identificaba con las tremendas imágenes de los cuadros del español. «Esas imágenes fantasmales las conozco muy bien. Se parecen mucho a mis pesadillas de niña», declaró. Además de Goya, disfrutaba de artistas como Picasso, El Greco y Botticelli.

Amiga del novelista Truman Capote, el escritor le dedicó un texto que está incluido en su volumen Música para camaleones. En el texto, titulado Una adorable criatura, Capote se refería a ella como «una persona muy insegura, pero también muy, muy brillante».

En otro de los textos encontrados, sin fecha, la actriz escribió: «Vida / soy de tus dos direcciones / De algún modo permaneciendo colgada hacia abajo / casi siempre / pero fuerte como una telaraña al / Viento – existo más con la escarcha fría resplandeciente. / Pero mis rayos con abalorios son del color / que he visto en un cuadro -ah vida / te han engañado«.

Fragilidad a flor de piel

Baker, Mortenson, Monroe. Todos los apellidos que la actriz fue cambiando a lo largo de su vida dan cuenta de una inestabilidad que, con el tiempo, se tradujo en una fragilidad a flor de piel. Pasó su infancia en tres orfanatos, con once familias adoptivas, y sufrió abuso por parte de su padrastro, a los 8 años.

Su primer matrimonio fue muy temprano, a los 16, como un manotazo para escapar, sobrevivir e intentar tener un hogar. El marino mercante James Dougherty, apenas cinco años mayor, compartió con Norma Jean sus primeros pasos como modelo y actriz en Hollywood, cuando conseguía papeles secundarios en películas poco trascendentes. 

Marilyn fue la primera actriz en aparecer en la portada de la revista Playboy, en 1953. Pero mucho más que la imagen despampanante que cautivó a millones, la actriz también fue la segunda mujer en Hollywood en fundar su propia productora (la primera fue la estrella del cine mudo Mary Pickford). Con la Marilyn Monroe Productions Inc., produjo dos filmes: Blue Stop y El príncipe y la corista.

El ejemplar personal de Hugh Hefner, del primer número de Playboy en el que aparecía Marilyn Monroe.(Foto de Robyn Beck / AFP

El ejemplar personal de Hugh Hefner, del primer número de Playboy en el que aparecía Marilyn Monroe.(Foto de Robyn Beck / AFP

Víctima de la desigualdad salarial, muchísimo antes de que se revelaran hechos de acoso y abuso, el lado más siniestro de Hollywood, como el de Harvey Weinstein, Marilyn fue de las pocas actrices de su época que se animó a hablar abiertamente en las entrevistas del oscuro comportamiento de algunos productores con las actrices, sobre todo con las principiantes.

«Sabés que cuando un productor llama a una actriz a su oficina para discutir un guion, eso no es todo lo que tiene en mente. El primero que conocí debería haberse avergonzado de sí mismo, porque estaba sacando ventaja de una niña», describió. «Claramente, quería tener sexo conmigo».

Acostumbrada, desde niña, a arreglárselas sola, Marilyn aprendió a sacar provecho de situaciones complejas. Si bien era un rasgo casi inadvertido, la actriz padecía de tartamudez, una de las consecuencias de su dura infancia.

Sin embargo, esa característica fue el punto de partida para que la estrella, por consejo de una fonoaudióloga, utilizara esa dificultad a su favor. De ahí surgió el susurro gutural que era otra de sus marcas de identidad.

Adelantada a su época, Monroe amaba a los animales y lo comentaba públicamente. Tuvo varios perros a lo largo de su vida; el último fue un maltés, regalo de Frank Sinatra, al que bautizó Maf (diminutivo de mafia). Pero además, en los últimos años de su carrera pidió no utilizar abrigos de piel en las películas para apoyar la preservación de varias especies animales.

En los inicios de la década de 1960, Marilyn también practicaba yoga, disciplina que por entonces comenzaba a hacerse popular entre las estrellas de Hollywood. Su instructora fue Indra Devi que, mucho antes de instalarse en la Argentina, difundió la actividad entre figuras como Greta Garbo, Gloria Swanson y la mismísima Marilyn, en su estudio de Los Angeles. 

Clark Gable y Marilyn Monroe, interpretan una escena en "Los inadaptados", en 1961. Foto AP

Clark Gable y Marilyn Monroe, interpretan una escena en «Los inadaptados», en 1961. Foto AP

Es evidente que la imponente sensualidad de la actriz, sumada a los prejuicios, opacaron una personalidad brillante que no dejó de mostrar su empatía en distintas circunstancias. Por ejemplo, fue gracias a la intervención de Marilyn que la cantante Ella Fitzgerald pudo ingresar a un club nocturno que, por entonces, aún vetaba a las personas de color.

Fuera de los sets, de los flashes y los escándalos, Marilyn amaba la literatura y el arte, escribía y también cocinaba. Según testimonios, sus amigos cercanos disfrutaban, sobre todo, de la bouillabaisse (sopa de pescado), el plato que mejor sabía preparar.

En su constante búsqueda de ser aceptada, su colega Clark Gable, con quien compartió su última película, Los inadaptados, en 1961 representó la figura paterna que nunca había tenido. Ese vínculo estaba reforzado por una imagen borrosa, resabios de la única foto que tenía de su padre, donde el hombre que la había engendrado asomaba en un nebuloso parecido con el famoso actor.

A favor de mostrarse al natural, Marilyn se había sometido a dos cirugías estéticas menores: una en la punta de la nariz y otra en el mentón, realizadas por iniciativa de su representante. Además, tenía una cicatriz en el abdomen, consecuencia de una cirugía de vesícula, marca que alcanzó a verse en la última sesión de fotos que le tomó el fotógrafo Lawrence Schiller, dos meses antes de que ella muriera.

JFK, RFK y Marilyn Monroe en la fiesta de cumpleaños de JFK.

JFK, RFK y Marilyn Monroe en la fiesta de cumpleaños de JFK.

En esa cuenta regresiva hacia su final, el 19 de mayo de 1962, 78 días antes de su muerte, Marilyn cantó el Feliz cumpleaños para el entonces presidente Kennedy y ante 35 mil personas en el Madison Square Garden, de Nueva York.

Aquella escena del Happy Birthday, Mr. President, susurrado, con el famoso vestido de lentejuelas terminado de coser sobre su cuerpo (que este año usaría y arruinaría la mediática Kim Kardashian para la gala del Met), quedó inmortalizada en la memoria colectiva. Y para algunos, marcó a Marilyn como una señal de muerte, cuando ella estaba en pleno apogeo.

A su funeral, organizado por su exmarido Joe Di Maggio, solo asistieron 30 personas. El exbeisbolista, segundo esposo de la actriz, se ocupó de que muchos de quienes destrataron a Marilyn en vida no estuvieran en la despedida. Sus restos descansan en el Westwood Village Memorial Park and Mortuary, de Los Angeles.

La placa de su nicho, adonde Di Maggio siguió enviando rosas cada semana durante veinte años, apenas tiene un inscripción austera, suficiente para describir al mito: Marilyn Monroe 1926-1962.

POS



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